viernes, 21 de noviembre de 2014

Relatos en la Albufera

Relato en la Albufera

“… Aquí, en su tiempo, en la Albufera se fraguaba algo más. Aquí, se reparaban sobre el mismo lugar de laboreo las hoces que, en sus tiempos servían de herramientas y, en otros momentos, de armas con las que ajustar cuentas atrasadas…”. “Así de sombrío comenzaba el relato de un retirado arrocero de la Albufera. Ya desde la infancia, hundía sus pequeños pies descalzos en el fangoso lecho de estos arrozales, eran tiempos duros”.
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 […]  Me cuenta que, una vez, siendo él algo más alto que los tallos del arroz espigado; oyó voces encendidas, y casi reptando entre las espigas para pasar desapercibido, llegó hasta el lugar donde los hombres pujaban tercamente, como dos carneros que son incapaces a retroceder ni un palmo.
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[…] Debido a tal griterío, otros arroceros se fueron acercando al tumulto con el fin de evitar que la cosa llegara a mayores, y la sangre pudiera tintar el hoy verde arrozal. Bufando, ambos cedieron, o eso al menos le parecía a los presentes… aunque, cuando se habían alejado lo suficiente, volvieron a girarse en un sincronismo que, a los demás no les tenía que haber pasado desapercibido.
Él, seguía apretujado contra el fangoso lecho, casi mimetizado por las manchas de agua embarrada y… escuchó los improperios y amenazas que, entre labios iba escupiendo el tiet Mascaró contra el Alfredo y los suyos; cuando todos habían abandonado la zona, él seguía haciendo olitas en el agua y agitando las espigas debido al temblor de su cuerpo.
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[…] Así pues, pasado el tiempo, pero tampoco tanto; un atardecer en el que estaba tendido en el verde caballón del margen, contemplando como la luz de la luna comenzaba a tornar el dorado de las espigas, por un luminoso plateado; y entonces, escuchó —así me lo cuenta— un:
—Ya estamos aquí de nuevo…
—Cierto…
—Pues a lo que vinimos… respondió el otro.
Él, aún no había reconocido las voces, pues se hablaban tan cerca y tan próximas sus bocas que, más que oír palabras, les oía mascullarlas y cuchichearlas. Al fijarme en sus siluetas recortándose contra el plateado mar de la Albufera, observó la rigidez de sus cuerpos, de sus brazos, y como si de sus dedos surgiesen cual apéndices, dos prolongaciones curvadas… eran las hoces; entonces me di cuenta. Aquellas palabras masculladas entre dientes, saliva y mala baba aquel día junto a mí… no iban a ser en balde ¡Al final!, se iban a teñir de sangre las ahora plateadas espigas y, nadie… nadie iba a poderlo evitar —así, que él seguía tumbado para no ser visto como la vez anterior—.
… Al grito de: ¡Malparit!, por parte de uno de ellos, y de ¡Lladre!, por parte del otro… Fue la señal, para que ambos brazos armados se levantasen por encima de sus respectivas cabezas, e intentar dar el cop de gràcia definitiu al contrario. La luna iluminó, por un instante, los aún virginales filos en ese momento, luego… describiendo un perfecto círculo de muerte; rasgaron  e hicieron jirones una y otra vez el silencio y la noche. —Así me lo cuenta— Mientras él seguía con la espalda pegada al caballón del margen. No sólo fueron rasgados y jironados el silencio y la noche, si no, también sufrieron ese efecto las ropas y alguna que otra rasgadura, la piel de los contrincantes.
Los dos adversarios, seguían lanzando, parando y esquivando golpes mortales… seguían a lo suyo en medio de los chapoteos y las salpicaduras, que junto con las gotas de sangre derramadas, habían empapado y teñido de otros colores ajenos a los suyos, sus camisas, fajas y «zaragüelles»… las calcetas y espardeñas, hacía rato que no se les veían o distinguían… pero ellos seguían a lo suyo, aunque de vez en cuando parecía que se ralentizaban… como si tomasen un respiro, mas sólo era eso… un ligero respiro. Es en éste punto —cuando ellos enfrascados y rodeados de una aureola proporcionada por la luna, como ese foco que ilumina a los púgiles en el ring—; la aldea, un poco lejana y recortada contra la oscuridad de la noche por las luces de sus tres calles y de las casas. Es ahí, donde mi narrador cesa bruscamente su relato para darnos un respiro.
…….....
Aprovechando unas vacaciones por el Mediterráneo, y concretamente en Valencia para descansar el cuerpo, y poder recuperar mi inspiración perdida. Los días pasan entre paseos por sus playas con sus luces del amanecer y atardecer, por sus jardines,  lugares y rincones con historia, que Valencia muestra a sus visitantes. Por  supuesto y ¡Cómo no!, disfrutar de esta gastronomía que me y nos ofrece.
Ya son varios días en los que me muevo por esta tierra buscando algo que llevar al papel. En uno de los desplazamiento por la tierra del arroz y, más concreto en Sueca, tras «esmorzar» y mientras me deleitaba con un café “tocat” de coñac, mantenía una «xerradeta» con «gent que havien» sido “llauradores”; el fin era buscar información o nuevos temas… Pude, a través de la ventana del bar, observar una cercana y pequeña placeta, con un naranjo en su centro como si fuera un gran monumento dedicado a alguien… también vi sus tres bancos —para reposar los viandantes, peatones o vecinos de portales adyacentes—, que dibujaban una especie de corona a su en rededor. En uno de ellos, me llamó la atención la presencia de un hombre, con la sensación de ser mayor de lo que su aspecto aparentaba. Narraba, a quien se acercaba y quisiera escuchar sus relatos… ya fueran niños, curiosos, o vecinos mientras toman el sol. Tuve la intuición de que ahí podría estar mi nuevo libro. Tras varios días observándole… Y conociéndole en su rutina… pensé, que un día me sentaría a su lado a escuchar sus historias, o vivencias; para ver cuál es su temática, bien por si fueran ficticias o reales, o simplemente eran una mezcla de ambas.
Al tercer día, y tras una noche de dudas y cavilaciones, amanecí decidido a iniciar mi libro, claro está, si el narrador me aceptaba como oyente. Así que ese día –decidido- fui directamente a donde sabía que podía encontrarle… y efectivamente, ahí estaba ya en su banco, con un caliqueño pendiente de sus labios, su sombrero de paja —de un amarillo mortecino—, con su ala medio caída hacia el rostro, por el tiempo y el uso que, le había hecho perder su rigidez; y con una mirada entre perdida y gozosa, quizás por tener un nuevo oyente dispuesto a escuchar todas y cada una de sus historias almacenadas en su cabeza.  
Así, durante unas semanas… día a día, y tras el ritual del almuerzo y el tocat, de esos pasos hacia su lado en el banco; de sacar mi bloc de notas, o mi grabadora… estaba enganchado como los chicos a las chucherías. El tiempo, ningún día fue el mismo, pero el calor y la humedad eran invariables. Por las noches en mi cuarto, entre tantas notas… y mientras intentaba ordenar los apuntes, que tan aprisa tomo, ya que él… habla, como si estuviera hablando con esos amigos de siempre; saltando de tema en tema. Al final, acabo rendido y casi sin poder acostarme en la cama… Un día descubrí, que tenía suficientes apuntes como para escribir mi libro, me embargaba una tímida sonrisa –como la Gioconda- enigmática.
 98 Tras el punto y final, acabé de trascribir el relato que día a día, o a ratos perdidos durante un par de semanas, me fue proporcionando el Sr. Fuster. Cerré mi libreta y,  mientras hacía esto, traté de ponerle cara —sí, un rostro— a esos comentarios. En un recuerdo que hice pormenorizado a todas las entrevistas, llegué a la conclusión que, sólo recordaba como el ala del sombrero de paja cubría su entrecejo y que, por más que lo intentase, sólo tenía vagas imágenes de él… pero donde destacaban sobre todo esos recuerdos eran los sabores proporcionados por el continuo chupar o mascar de los «Caliqueños» que se fumaba, por el humo blancuzco que exhalaba en cada calada… mientras degustaba su café «tocat» y la absenta. Recuerdo todo, menos su rostro, que al parecer nunca llegue a ver. Sí recuerdo sus manos, quemadas por el sol y la intemperie, y llena de estigmas por la curvada hoja de la hoz; las piernas, de las mismas formas y maneras que las manos… aunque los pies van embutidos en unas espardeñas de cáñamo o esparto, no sabría definirlo, y atada a la pierna con hilos del mismo material.
Ahora, en mi ciudad de alojamiento, me atraen recuerdos de aquel verano. Aquella vida tan fácil, pero sacrificada a la vez, pero tan llena de historias para contar y que os iré relatando. Tras algún viaje posterior al lugar de las narraciones… busqué, pero me fue imposible y ya nadie supo darme razón de aquel narrador oral como los de antes, me dio pena, me hubiera gustado saludarle una vez más.
 Celada
Juan Carlos celada diez.


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