viernes, 14 de junio de 2013

Saudade

Saudade


A mi me gusta más pensar, que con el tiempo pasado y a punto de cumplir; la mujer, otrora niña, vendría aquí porque es el punto desde donde sus seres queridos -que a través de ese mar, que ahora observa, emigraban- podrían verla más tiempo. Quizás, un pequeño pañuelo blanco –bordado por la abuela- sirviera de bandera de señales con Ellos. Al final, el barco solo es visible por su popa, y en ambos extremos... una última mirada, un último flamear de pañuelos y, por qué no, unas lágrimas que deslizándose por las mejillas dejarían al unísono un mismo sabor amargo y salado en las comisuras de los labios. Quizás cada día sube aquí, por ver si ese barco, hoy, se le puede divisar la proa... queda tan poco, y el paso es tan rápido que...

A Pilar

Celada.

El tiempo

El Tiempo
El tiempo pasa, pasa sin pasar, y sin embargo ahí quedan las huellas tangibles del paso del tiempo. Mis recuerdos, mis cicatrices, y mis anhelos; en definitiva… mi vida. Cumplimos, y cumplen años, luego el tiempo sigue gastando las reservas de nuestra vida.
Juancar


Juancar

Un viaje en compañía, buena compañía

Un viaje en compañía

Llevaba un rato andando por esta carretera de lineas y formas irregulares, encajada entre pretiles de piedra, era incapaz de ver en ella ni un asomo de linea recta, una carretera con dos destinos. Llevaba, así pues, un rato pisando el mismo suelo empedrado de adoquines, los cuales estaban cubiertos de una escasa capa de brea negra-grisácea y con alguna ampollas por el calor. Algo que simulaban lineas amarilluscas quemadas por el sol, las heladas, bueno la intemperie, que les confería una textura un poco rasposa al tacto con los dedos; la dividían en tres o cuatro partes, dependiendo de…
Tras pasar ese rato cuantificable en kilómetros, en los que me crucé con algún vehículo, escasos fueron, y mientras tanto disfrutaba de mis pensamientos, de mis latidos sonando como un tambor, de la garganta tragando la secura de mi boca por el calor y la poca humedad que me rodeaba, y cuando todos estos sonidos amainaban, era debido: al trinar, al criquear de los grillos y las chicharras en los árboles, al suave murmullo de los chopos o los mimbres movidos por el aura, que de vez en cuando nos rodeaba en un tenue abrazo, excepto en los momentos en que el paralelo riachuelo, escaso de agua y que nos deja ver su pedregoso fondo, pasa rayano con ella y, es entonces, que los sonidos son los de las cantarinas aguas de su escaso caudal rebotando contra los cantos de su lecho. Aprovecho tal espectáculo  para disfrutar de esa sinfonía de sonidos, observando la cambiante pantalla del cielo.
Busqué un apoyo en el cual reposar de mi cansancio. Encontré un pretil idóneo, estaba bañado por el sol y la sombra y no pasaba nadie ni nada. Me acerqué. Me senté. Ya Llevaba un largo rato sentado en el pretil, descansando con los brazos apoyados hacia atrás y los ojos cerrados, meditaba sobre el cómo había llegado hasta este punto de la carretera y de mi viaje, y de lo tranquilo que era ese lugar.
En un momento dado, retomo mi camino interrumpido, y vuelvo a pisar esa rara alfombra que ante mi se va desenrollando. Soy feliz, mas estoy solo en el viaje. Mientras continúo mi andar, hay un sonido que a veces se hace más audible y a veces más difuso… parece que es el traqueteo de un vehículo, o más bien de algo más grande; en esas sigo, y el vehículo se va haciendo más grande, más cercano, más audible y más visible la polvareda del camino que a su paso levanta… Cuando ya era visible para mi, descubrí el colorido microbús que se acercaba por mi espalda; su bocina me avisaba que se aproximaba más y ahora sí que percibía el jolgorio que de su interior salía. A mi altura, el conductor me hizo un gesto de saludo con la mano que llevaba refrescando fuera de la ventana. Volví mi rostro hacia el vehículo, y tras los cristales, el grupo de viajeros me observaba, era un encuentro de miradas en un camino por andar, los hombres saludaban, y las mujeres –más osadas- me animaban con ambas manos. Sonreí jocosamente  pues me agradaba lo que acababa de ver, pues pensé que se trataba de un grupo de amigos de la jarana y el bullicio. Al sobrepasarme, un cartel en el luna trasera del vehículo con la leyenda: “SOMOS GENTE GAM”… Yo seguía con mi mano en alto en una mezcla de adió, buen viaje, me alegro… Ellos, con sus brazos fuera de las ventana, me correspondían,  incluso algún pañuelo flameaba en el viento. ¡Suertudos…! -pensé- vais sobre ruedas. De repente, el intermitente indicó un próximo movimiento, las luces rojas de frenado se encendieron, destacando sobre la luz del día como destaca la luz de la luna en la noche. El vehículo cabeceo primero y luego se estabilizó. El motor cesó en su ronco traqueteo. La puerta trasera del vehículo se abrió, la escalerilla se extendió, y por la parte inferior vi unos pies femeninos que descendían del vehículo, ella salió tras la puerta mientras otros pies la seguían; así descendió una, dos, y por fin un hombre, los tres se me acercaban con una alegre y franca sonrisa de amistad… se presentaron y a la par me invitaron a seguir el viaje en su compañía; acepte, cómo no… trepé por las escaleras tras ellos, fue una enorme bienvenida general, un buen ambiente me rodeó y me hizo sentir cómodo. Qué distinto era ver el paisaje desde el interior de un vehículo y tras unos cristales, pero la compañía lo merecía.

Celada
13/06/2013