ANDANDO POR LA VIDA
Mi vida… a
veces es como ese paisaje que se plasma en mi retina. Es tan largo, solitario,
recto y árido como el camino que cruza una estepa. Un camino jalonado de
escasos y solitarios árboles reclamando la amistad de los otros árboles que
están a tiro de piedra y que podrían formar en sus sueños un gran bosque de
alcornocales, cubriendo de una maravillosa alfombra el erial de mi vida. Muchas
veces me veo como esa tartana que transita lenta por el tórrido y polvoriento
camino –cambiar la foto-; que si hay suerte… y sopla una brisa que a mi paso va
desplazando el polvo que levantan mis pies como si de mí sombra se tratase. Una
tartana, que a veces ronquetea, porque su motor ya no es nuevo, sino, que está
cansado, gastado… y alguna piezas empiezan a dar los problemas correspondientes
con la edad de su funcionamiento… A
veces falla el engrase, e incluso tiene un problema de ajuste de válvulas… Es
lo que tiene la edad, nos hace viajar por lugares tan solitarios que hasta dan
pena al desamparo o a la misma tristeza.
Hay muchos
días, de las tantas veces que cruzaba por estos andurriales, que la luz que me
rodeaba –como un halo- tenía una intensidad de brillo… la cual, convertía el
azul del cielo en un gris tan plomizo, que sin gafas no era capaz ni de mirarlo;
tan gris, que la tierra perdía ese color terroso, ese color ocre haciéndose
uniforme o ese color verde incipiente a los pies de los escasos árboles… que
provocan en mi una extraña sensación de sed.
En mis
viajes por estos caminos… a veces me cruzaba o me acompañaba de otra tartana, o
una flamante berlina… ¡cómo! me gustaban esas escasas ráfagas de contacto.
Mientras
hacemos nuestro viaje, no se deja de recordar el pueblo. El lugar por definir
donde se pasa la mayor parte de la vida… de una forma u otra; es el refugio del
viajero sempiterno.
En fin,
todos salimos de él para andar por esos caminos… y al final, el pueblo no deja
de ser mas que un holograma ficticio y de acorde a nuestros ideales creados por
nuestros propios recuerdos; sin embargo, hay cosas tangibles de ellos que ya
estaban y que estarán cuando nosotros hayamos parado -con nuestro abandono- de
dejarle nuestra huella.
Hay algo de
lo que casi nunca se menciona o se recuerda poco en este viaje, y que casi por
imperativo legal de nuestro recuerdo nos olvidamos de los nombres… aunque a
veces no de sus rostros. Hay esas grandes excepciones que son nuestra propia
familia; aunque a veces es mejor no dejarnos acompañar por alguno de ellos.
Celada