domingo, 14 de octubre de 2018

Andando por la vida


ANDANDO POR LA VIDA

Mi vida… a veces es como ese paisaje que se plasma en mi retina. Es tan largo, solitario, recto y árido como el camino que cruza una estepa. Un camino jalonado de escasos y solitarios árboles reclamando la amistad de los otros árboles que están a tiro de piedra y que podrían formar en sus sueños un gran bosque de alcornocales, cubriendo de una maravillosa alfombra el erial de mi vida. Muchas veces me veo como esa tartana que transita lenta por el tórrido y polvoriento camino –cambiar la foto-; que si hay suerte… y sopla una brisa que a mi paso va desplazando el polvo que levantan mis pies como si de mí sombra se tratase. Una tartana, que a veces ronquetea, porque su motor ya no es nuevo, sino, que está cansado, gastado… y alguna piezas empiezan a dar los problemas correspondientes con la edad de su funcionamiento…  A veces falla el engrase, e incluso tiene un problema de ajuste de válvulas… Es lo que tiene la edad, nos hace viajar por lugares tan solitarios que hasta dan pena al desamparo o a la misma tristeza.
Hay muchos días, de las tantas veces que cruzaba por estos andurriales, que la luz que me rodeaba –como un halo- tenía una intensidad de brillo… la cual, convertía el azul del cielo en un gris tan plomizo, que sin gafas no era capaz ni de mirarlo; tan gris, que la tierra perdía ese color terroso, ese color ocre haciéndose uniforme o ese color verde incipiente a los pies de los escasos árboles… que provocan en mi una extraña sensación de sed.
En mis viajes por estos caminos… a veces me cruzaba o me acompañaba de otra tartana, o una flamante berlina… ¡cómo! me gustaban esas escasas ráfagas de contacto.

Mientras hacemos nuestro viaje, no se deja de recordar el pueblo. El lugar por definir donde se pasa la mayor parte de la vida… de una forma u otra; es el refugio del viajero sempiterno.
En fin, todos salimos de él para andar por esos caminos… y al final, el pueblo no deja de ser mas que un holograma ficticio y de acorde a nuestros ideales creados por nuestros propios recuerdos; sin embargo, hay cosas tangibles de ellos que ya estaban y que estarán cuando nosotros hayamos parado -con nuestro abandono- de dejarle nuestra huella.
Hay algo de lo que casi nunca se menciona o se recuerda poco en este viaje, y que casi por imperativo legal de nuestro recuerdo nos olvidamos de los nombres… aunque a veces no de sus rostros. Hay esas grandes excepciones que son nuestra propia familia; aunque a veces es mejor no dejarnos acompañar por alguno de ellos.

Celada