LOS AMANTES, van...
(...) Cuando aún no habían sucumbido las sombras de la noche ante las primeras luces del alba.
Cuando aún, los últimos amantes rezagados, se cruzan por las estrechas calles con los tabernarios ahítos de alcohol, titubeantes, y erráticos.
Entonces, y sólo entonces, es cuando se me vence el sueño de velar tu sueño.
Es cuando las primeras voces que han de sacar a la ciudad, poco a poco, de su sueño nocturno –fruteros, aguadores, etc...-, y yo trato de acallarlas susurrándote en los oídos: ¡Te quiero!.
Entonces, es cuando te contemplo en silencio, cuando tus ojos no pueden verme; cuando tu belleza dormida y serena, resplandece en la semioscuridad de la alcoba como un lucero. Y eso, mi vida, que tus ojos cerrados no dejan al descubierto esas dos ascuas, que de envidia nublarían al mismo sol.
Entonces, y solo entonces, es cuando deseo con vehemencia de tus labios carnosos y húmedos, libar tu risa, tu voz, tus suspiros, y hasta cuando me dices con dulzura “Amor”.
Mas... cuando la ciudad se ha desembarazado de las primeras voces, acaece un suave silencio, ahora solamente roto por el trinar de algunas de las aves del cercano parque. Entonces amor, es cuando en tu cuerpo empiezan a asomar síntomas de tu despertar: ese pequeño subir y bajar de senos, aumentando la necesidad de coger del aire lo más preciado de la vida; una mano que, en la somnolencia, comienza a tantear a ciegas hasta que topa con la mía... buscando ¿Qué se yo?.
Pero, ¿Me sonríe...?, con una leve mueca de sus labios, y a mi, me enerva, y me enamora; me transforma y me lleva a postrarme a su lado, acurrucándome, para que ni el más mínimo resquicio pueda quedar entre ella y mi amor.
Por fin... Ella, primero se incorporó, estiró los brazos por encima y detrás de su cabeza cogiéndose los cabellos, que con un estudiado alboroto le colgaban hacia la espalda. Se los masajeó primero, y luego, los despeinó más si cabe, mimosamente. Luego, en un acto que parecía lento... pestañeó, y abrió los ojos para buscarme con ellos.
En un punto intermedio nuestras miradas se encontraron, y como si de un supuesto hechizo fuera, nos fuimos atrayendo poco a poco, hasta que al punto de que nuestros labios se rozasen primero, y se fundieran en un apasionado beso después, la dije: buenos días; ella me contestó silabeando: Buenos días, mi amor... La así por la cintura, y estreché mis labios contra los suyos. De no ser por la ciudad que volvió a despertar, arrastrándonos, aún estaríamos en esa dulce posición toda nuestra segunda luna de miel.
Ciudad maldita, que en los mejores momentos nos arrastras sin piedad en tu vorágine, ora nos acercas, luego nos separas, no quieres darnos ese respiro que como toda pareja enamorada necesita en estos momentos de la mañana.
¡Calla!, calla por piedad, y déjame con mi enamorada esta mañana amar.
Juancar. 23-07-1992. Valencia