viernes, 30 de septiembre de 2011

GORDÓN Y ALMANZOR, HISTORIA DE UNA HISTORIA

Gordón y Almanzor, historia de una historia

Aunque los tiempos eran convulsos, realmente esta vieja piel de toro, era una piel básicamente tribal, por lo cual la vida era convulsa en sí misma. Bastaba una linde mal puesta, una ofensa, un terreno más fértil, una vaca que pastaba en el lugar incorrecto por error del pastor… y ya estaba montada la de dios en cristo. Aprovechando este dislate, un estratega cruzó el estrecho desde África, pisó la playa, y se dio cuenta del potencial que tenía esta piel toro, y que los reyezuelos Visigodos ambiciosos de poder no se habían percatado de ello.
Así pues, el estratega, Al-Mansur –Almanzor para el resto- que huía del vacío, del paro y la miseria de su tierra. Recaló en esta costa, en estas playas llenas de luz, en ese mar plateado, aquí probó los frutos de la mar y pensó: “Debo prepararme para la conquista de estos bienes, ya que deben estar bien guardados por el valor que contienen”. Ni mucho menos, apenas encontró una ligera oposición militar, lo cual le permitió seguir avanzando por esta piel de toro mientras tras él fue dejando un nuevo país: El Al-Ándalus, unos nuevos Reinos: Granada, Córdoba, etc… Y una nueva religión: El Islam. Ya sólo quedaban los Reinos de León, Navarra, y Aragón, así como los condados Catalanes por conquistar. ¿La gente? Pues unos se adaptaron a ese nuevo gobierno, y otros sin embargo huyeron hacia el norte… con no sé qué esperanza.
En esas andábamos, cuando Almanzor cruzó el río Duero camino del norte, pasando por encima de Salamanca y Zamora como una ligera niebla de primavera. Y en un “plis-plas” haya por el 995 ó 998, y pese a Bermudo II (para más señas: el gotoso) –Rey de León, Galicia y Portugal- también llegó a León, y sí, también la asoló… menos la “Pulchra Leonina” que supo resistir, o Almanzor se rindió ante ella.
Mientras esto ocurría en la capital del Reino, a unas diez leguas al norte y en la montaña central de León, los pueblos aquí existentes iban notando con cierto temor el aumento de gentes de paso con noticias nada halagüeñas sobre una horda conquistadora venida del sur. Era para preocuparse, pues los graneros ya estaban preparados para recibir el incipiente y crudo invierno, también temieron por la proximidad de la matanza, y de quedarse sin los suministros necesarios que durante varios meses les proporcionarían la subsistencia. Las tropas que vigilaban estas tierras se encontraban en los castillos de Alba y Gordón para su defensa. Almanzor, vencido León, se encaminó por la vega del río Bernesga hacia el norte, al fin llegó a La Robla puerta de entrada a la comarca de Gordón, mas detuvo su caballo al ver las impresionantes murallas naturales que le cortaban el paso con sólo una pequeña garganta que le permitía   el paso franco, ahí mismo montó su campamento para poder estudiar el asalto a estas tierras. Mandó avanzadillas, pues era el lugar ideal para la celada, que regresaban tras las consabidas escaramuzas con los defensores. Después de estudiar en su jaima con sus jefes en qué estado se encontraba la situación y cómo afrontar el avance hacia esa inhóspita comarca, salió solo fuera de la jaima y notó una gélida brisa procedente del norte que le cortaba la cara… Ahí, se dio cuenta de que tendría que luchar contra el invierno con: la nieve que ya coronaba las cercana cumbres, el gélido frío, la lluvia, el barro que dificultaría su avance; además con el consabido gasto de provisiones, y que tal vez… (Pensó en silencio) por algo que no merecería la pena el gasto a realizar. Tras varias semanas de indecisiones y cuando la nieve ya era un cruda realidad, y que con su blanco manto cubría todo lo visible alrededor del campamento, Almanzor levantó el campamento y volvió grupas hacia tierras mejores, y más cálidas. Así, un día los centinelas Gordoneses descubrieron que ya no había enemigo que vigilar, ni del que temer; prestos dieron la buena nueva: “Almanzor, mas pero a Gordón non lo priso” la cual corrió como el Bernesga – de pueblo en pueblo- Mientras, Almanzor, en tierras más cálidas y montado en su corcel, esbozaría una sonrisa, quizás… y sólo quizás, pensando en el frío que pasarían los Gordoneses.