viernes, 30 de septiembre de 2011

GORDÓN Y ALMANZOR, HISTORIA DE UNA HISTORIA

Gordón y Almanzor, historia de una historia

Aunque los tiempos eran convulsos, realmente esta vieja piel de toro, era una piel básicamente tribal, por lo cual la vida era convulsa en sí misma. Bastaba una linde mal puesta, una ofensa, un terreno más fértil, una vaca que pastaba en el lugar incorrecto por error del pastor… y ya estaba montada la de dios en cristo. Aprovechando este dislate, un estratega cruzó el estrecho desde África, pisó la playa, y se dio cuenta del potencial que tenía esta piel toro, y que los reyezuelos Visigodos ambiciosos de poder no se habían percatado de ello.
Así pues, el estratega, Al-Mansur –Almanzor para el resto- que huía del vacío, del paro y la miseria de su tierra. Recaló en esta costa, en estas playas llenas de luz, en ese mar plateado, aquí probó los frutos de la mar y pensó: “Debo prepararme para la conquista de estos bienes, ya que deben estar bien guardados por el valor que contienen”. Ni mucho menos, apenas encontró una ligera oposición militar, lo cual le permitió seguir avanzando por esta piel de toro mientras tras él fue dejando un nuevo país: El Al-Ándalus, unos nuevos Reinos: Granada, Córdoba, etc… Y una nueva religión: El Islam. Ya sólo quedaban los Reinos de León, Navarra, y Aragón, así como los condados Catalanes por conquistar. ¿La gente? Pues unos se adaptaron a ese nuevo gobierno, y otros sin embargo huyeron hacia el norte… con no sé qué esperanza.
En esas andábamos, cuando Almanzor cruzó el río Duero camino del norte, pasando por encima de Salamanca y Zamora como una ligera niebla de primavera. Y en un “plis-plas” haya por el 995 ó 998, y pese a Bermudo II (para más señas: el gotoso) –Rey de León, Galicia y Portugal- también llegó a León, y sí, también la asoló… menos la “Pulchra Leonina” que supo resistir, o Almanzor se rindió ante ella.
Mientras esto ocurría en la capital del Reino, a unas diez leguas al norte y en la montaña central de León, los pueblos aquí existentes iban notando con cierto temor el aumento de gentes de paso con noticias nada halagüeñas sobre una horda conquistadora venida del sur. Era para preocuparse, pues los graneros ya estaban preparados para recibir el incipiente y crudo invierno, también temieron por la proximidad de la matanza, y de quedarse sin los suministros necesarios que durante varios meses les proporcionarían la subsistencia. Las tropas que vigilaban estas tierras se encontraban en los castillos de Alba y Gordón para su defensa. Almanzor, vencido León, se encaminó por la vega del río Bernesga hacia el norte, al fin llegó a La Robla puerta de entrada a la comarca de Gordón, mas detuvo su caballo al ver las impresionantes murallas naturales que le cortaban el paso con sólo una pequeña garganta que le permitía   el paso franco, ahí mismo montó su campamento para poder estudiar el asalto a estas tierras. Mandó avanzadillas, pues era el lugar ideal para la celada, que regresaban tras las consabidas escaramuzas con los defensores. Después de estudiar en su jaima con sus jefes en qué estado se encontraba la situación y cómo afrontar el avance hacia esa inhóspita comarca, salió solo fuera de la jaima y notó una gélida brisa procedente del norte que le cortaba la cara… Ahí, se dio cuenta de que tendría que luchar contra el invierno con: la nieve que ya coronaba las cercana cumbres, el gélido frío, la lluvia, el barro que dificultaría su avance; además con el consabido gasto de provisiones, y que tal vez… (Pensó en silencio) por algo que no merecería la pena el gasto a realizar. Tras varias semanas de indecisiones y cuando la nieve ya era un cruda realidad, y que con su blanco manto cubría todo lo visible alrededor del campamento, Almanzor levantó el campamento y volvió grupas hacia tierras mejores, y más cálidas. Así, un día los centinelas Gordoneses descubrieron que ya no había enemigo que vigilar, ni del que temer; prestos dieron la buena nueva: “Almanzor, mas pero a Gordón non lo priso” la cual corrió como el Bernesga – de pueblo en pueblo- Mientras, Almanzor, en tierras más cálidas y montado en su corcel, esbozaría una sonrisa, quizás… y sólo quizás, pensando en el frío que pasarían los Gordoneses.

domingo, 5 de junio de 2011

El tiempo pasa

El tiempo pasa, pasa sin pasar, y sin embargo ahí quedan las huellas tangibles del paso del tiempo. Mis recuerdos, mis cicatrices, y mis anhelos; en definitiva… mi vida. Cumplimos, y cumplen años, luego el tiempo sigue gastando las reservas de nuestra vida.
Juancar

domingo, 3 de abril de 2011

Juan

Juan

Sentía como la primavera comenzaba a estallar en todo lo que me rodeaba, era un sentimiento difícil de describir y de explicar, pero estaba ahí. El tiempo, parecía mentira pero asemejaba a los primeros días de verano; no había forma de explicar esta curiosidad a no ser por las frías noches y las rosadas que el amanecer nos dejaba. Pero pasó algo que vino a destrozar y desmembrar mis sueños de esa noche de verano, algo que enturbio e hizo que empezase a madurar de un hoy a un ayer.
Un tal Juan, otrora tiempo esposo de Maria, padre de Juanito y de la neófita Raquel; trabajaba como minero barrenista, es donde más dinero se gana, pero donde la vida no cuesta ni el salario que se gana. Ese día, parecía que iba a ser un día normal. Se levantó con las primeras luces del alba sin casi hacer ruido, pues en la misma habitación y al lado de su cama, estaba sita la cuna de Raquel; la miró con la misma ternura de todos los días, con sus enormes manos cogió las suyas, luego, con el dorso, acarició los suaves mofletes de aquel rubio angelote. Se giro hacia donde dormitaba Maria ¡Dios! -se dijo- cuanto amor y entrega hay en este pequeño cuerpo carcomido por las penurias, y estrecheces propias de los tiempos que nos han tocado vivir, pero aún así, como mantiene el calor, aquella lozanía, ese aroma a fresco y delicioso en todo su cuerpo; no pudo reprimir su impulso, y apretó sus labios contra los de ella, ¡Gracias! -musitó- ella, ya despierta por el beso, y en tono amoroso le contestó: venga tonto, que vas a ir tarde, y sería tu primera vez. Se irguió a modo de espurrimiento -algo sonó-, recogió la ropa de la silla y oyó un murmullo: ya te lo he remendado, ¿Qué tal? Y él saliendo: bien cariño. Se iba poniendo la camisa camino de la cocina, donde todas las noches antes de acostarse, María le dejaba el bol con la leche y el pan para que él se hiciera el desayuno. Cuando cruzó la puerta de la habitación de Juanito, se recostó un poco sobre el quicio, y quedó quedo observándole como dormía; un calzoncillo y una camiseta de tirantes era toda la ropa que le tapaba, ya que las mantas y las sabanas yacían inermes en el suelo, en rededor de la cama, como resultado de una fatal batalla nocturna entre el niño, la ropa, la cama y los sueños; cuyo vencedor absoluto fue el agotamiento. Despegó su cuerpo del quicio, y riéndose para si, siguió por el pasillo hasta la cocina.
Al fin, vestido y desayunado, abrió la puerta de la calle por la cual penetró de golpe la luz del día -dejándolo enmarcado cual sombra fantasmagórica y fantástica-. No volvió la cabeza, pues en su retina aún mantenía la imagen de su familia, y partía meditabundo de cómo realizar su jornada laboral. ¡Lastima!, aquellas palabras de su mujer no sabría hasta que punto iban a ser premonitorias, y que aquella mañana, seria la ultima que les vería al salir.
No era ni el medio día, y el sol aún no estaba en su cenit, las sombras eran largas, y las sirenas habían lanzado su doloroso ulular al viento semigélido; el cual acabo de helarse, pues sabia cual era su significado. En los pueblos, este presentimiento rondó la desazón de las gentes que tenían algo que perder en esos momentos. Los que empezaban a descansar de su turno se retorcieron en sus camas, se levantaron y fueron hacia los mentideros para saber: el cómo,  el  qué, pero sobre todo el quién y cuantos.
Los equipos de rescate, son hombres que durante todo el año se entrenan para estos momentos, y que durante el mismo tiempo rezan a su patrona para que solo sea eso, un entrenamiento por si acaso. Esta vez todo fue mal, y la tragedia se consumó; un muro que estaba barrenando para abrir la nueva galería, no supo aguantar, y él no supo escuchar a la mina. Joaco, el ayudante, en ese momento había dado tres o cuatro pasos tras de si, y estaba en la boca de la galería; sin embargo, Felmín, el guaje, estaba pegado a su costado, y justo en ese momento se produjo el derrumbe. El cielo se abrió sobre ellos vomitando toda su furia en forma de piedras y carbón, Felmin notó en el ultimo momento una mano entre todo ese maremágnum que les caía, que lo lanzaba contra el hastial -dudó si fue la mano providencial, o la mano de Juan- salvándole la vida. En ese fragor se oyó la voz de Joaco, -mientras frenéticamente intentaba desescombrar con las manos a Juan, del que escuchaba su voz - ¡Felmín... Corre! No te quedes apalominado, busca ayuda; y a Felmin le faltaban pies, se trastabillaba con todo, pero se levantaba como impulsado por un resorte, al final de la galería solo se veía una lucecita zigzagueando, y una voz quejosa y de ultratumba. Mientras, Joaco seguía con su desespero por  quitar el escombro, mas cuanto más quitaba, más caía; y ya se cernía  el peligro sobre él, a tiempo fue retirado por el equipo de salvamento. ¿Fue un fallo de cálculo? ¿Fallo humano? No, simplemente es el tributo de esta tierra y su vientre generoso, que se cobra para podernos satisfacer.
Sonó la campana de la jaula, el maquinista repitió el tañido, y la jaula se puso en movimiento; en la planchada, los compañeros del exterior y algunos del interior se iban agolpando, de todas formas ya sabían quien era. La jaula llego a su destino, la compuerta se elevo sobre las cabezas de los presentes, y la carga que transportaba de siete hombres salió despacio; con la congoja en sus cuerpos y le corazón encogido por el llanto interno, ya que estos hombres bragados en los avatares, en la dureza del trabajo y los de la vida diaria, no pueden llorar.
El cortejo se fue abriendo paso, a su frente Manolo, jefe del equipo de rescate, detrás y portando la camilla con el cuerpo inerme del finado: Jamin, Darío, Esteban y José, y cerrando el grupo Alfredo, el cual portaba algunas pertenencias: la pica, su linterna, y la bota del pie derecho -¿Por qué? cuando morimos siempre estamos descalzos-, la camilla fue depositada en el suelo   con cuidado de no despertarle. Estaba totalmente cubierto por algunas ropas de trabajo, así todo el mundo lo recordaría por lo que era y no por como quedó; era curioso, su pie derecho (el descalzo) sobresalía de la ropa que tenía a manera de mortaja, estaba incluso sin calcetín y su láctea piel contrastaba con el enlutecido suelo de la explanada. En los brazos desnudos de algunos hombres su piel se puso de gallina y perdió la color, incluso en alguno se noto un imperceptible temblor de su cuerpo, pensé que daría con su cuerpo en el suelo y, ya sin mucho disimulo, en aquellos rostros ennegrecidos por le polvo del carbón, se fueron esculpiendo surcos marmóreos; hasta Quito, ese hombretón que en otro tiempo había sido boxeador -peleando incluso con Uzcudun, y no haciéndolo tan mal- tuvo su momento de duda.
La ambulancia apareció presta, maniobró para acercar el portón a la camilla,  de ella descen-dieron dos camilleros y don Luis -el doctor-, que con un gesto confirmó lo sabido de antemano; poco tardó la ambulancia en bajar la collada y desaparecer en el túnel.
Qué lentamente había desaparecido, pero más lentamente se disgregaba el grupo formado por los compañeros, sobrecogidos por la sorpresa, el dolor, y ¿por qué no? por la alegría interior de no ser uno, el que estaba tumbado en la camilla, rodeado de un maravilloso paisaje verde con sus cumbres calcáreas, prados verdes moteados de colores, de ese cielo azul limpio, y como fondo, el negro: esa negrura que es fuente de trabajo, de vida, y la vez por la que se muere, paradojas de la vida en esta región.
Mientras, en el pueblo, en su casa, la vida dejaba de continuar. Como todas las madres algo en el ambiente la hizo temblar de miedo, presintió lo que había pasado, y con el estoicismo y la bravura de estas mujeres acostumbradas a la dureza de la vida, de los hombres; a ser madre y padre de sus hijos, a ser reposo y consuelo de sus maridos. Cogió a los niños y se los llevó a su vecina de toda la vida, viuda y sin hijos, pues su marido murió antes de poder sembrar en su vientre la vida y el futuro; mujer que paso por esto antes, y que de cuyo paso solo le queda el recuerdo de su anillo de bodas, y de su reloj de bolsillo; ese mismo que ella se ocupa de mantener en marcha. Elena abrió la puerta y al ver esa mirada, comprendió enseguida, sin explicaciones y sin gestos llamó a los niños, los cuales, se asieron a sus manos tras las dulces promesas a que fueron invitados; tras su espalda la puerta se cerraba y los críos la empujaban pasillo adelante. Maria, tornó a su casa como perdida, como un autómata, y sin saberlo..., como si de un rito ancestral y aprendido se vistió de negro, a la vez que su tez se tornaba mas blanca; del armario desvencijado y cien veces calzado, sacó el único traje de su marido -un traje azul con espigas, que lo mismo servia para un roto que para un descosido- la camisa blanca y aquella corbata de las ultimas navidades que tanta ilusión le hizo; desdoblo los calcetines y los metió dentro de los zapatos; repitió con gesto tembloroso los pasos anteriores, comprobando la recta raya de los pantalones, y quitando toda posible mota de polvo. Ella, quería que su Juan estuviera guapo, lo verían sus familiares y algunos compañeros de trabajo; lo más duro era el no haber derramado ni una sola lagrima, pues las guardaba todas para cuando estuviese a solas con él. Seguía sentada a los pies de su cama, esa cama marital, donde tantos y tantos momentos buenos y malos habían pasado juntos; esa cama fue mudo testigo de esos días de sufrir y gozar; ahora seria mudo testigo de su soledad. Como si el tiempo volviese a contar, María se levantó y entornó las contraventanas de la habitación dejándola en penumbra, salió al pasillo y repitió el mismo gesto en cada una de las habitaciones restantes; la casa ya estaba sumida en la oscuridad, quizás para que la imagen de él no la desvaneciera la luz, o para que los recuerdos no encontraran el camino del exterior; ella quería conservar lo mejor de él. El luto dominaba el interior y exterior de la casa, ya que a la oscuridad interior, se iba acumulando en la puerta de la casa un tropel de comadres enlutecidas; la mayoría: abuelas -viudas de toda la vida-, y el resto: viudas jóvenes, o simplemente vecinas del pueblo. También llegó, y aparcó cerca de la puerta de la vivienda, un coche puesto por la empresa para llevar a su viuda, o familiar al tanatorio; donde amortajarían al finado con ropas mas aseadas; pues las monjitas habían acabado con el trabajo de asearlo y prepararlo; la funeraria ya tenía el ataúd listo. Sonaron unos golpes de nudillos en la puerta de la entrada. María recogió el fardo con los enseres, y salió arrastrando los pies por el pasillo como si algo la retuviera: abrió la puerta y quedó cegada momentáneamente por el exceso de luz, primero, comenzó a vislumbrar sombras, y ya repuesta, vio frente a ella al conductor de la comitiva que aguardaba noticias. Pasó a través del pasillo que había formado la gente, subió al vehículo, y este arrancó perdiéndose entre el resto de viviendas del pueblo.
En el pueblo, Ciñera, la noticia había corrido de boca en boca, de corro en corro, cual reguero de pólvora, y al poco, ya era de dominio público; el joven monaguillo, comenzó a tañer las campanas de la Iglesia haciendo que su sonido de duelo se fuera mezclando en el ambiente, y llegara a la vez que la noticia a cada casa y rincón.
Y llego el día. Pero antes llegó el traslado del féretro desde el tanatorio hasta su domicilio para poder efectuar el velatorio correspondiente -otra tradición, un poco tragicómica del juego de la vida y de la muerte, un juego tan cotidiano por estos lugares-, Llegó el coche mortuorio al domicilio, descendieron el ataúd y lo metieron en el comedor, la primera puerta a la derecha, la sala más grande -hoy vacía- y donde recibirán a: familiares, amigos -otrora también invitados por las fiestas patronales-. Dicha habitación tenia dos ventanas al norte, y vista al jardín de la casa.
Cayo, el de la funeraria, con sus ayudantes situó el féretro en el centro de la estancia, luego  calzó la cabeza para que quedase un poco mas levantada, y se le pudiera ver desde cualquier rincón sin necesidad de acercarse a él; colocó cuatro velones: uno por cada esquina; unos floreros bien distribuidos, y una enorme corona a los pies, de: claveles rojos, de margaritas amarillas, y algunos gladiolos blancos; está enmarcada por un lazo y dos cintas moradas, y en su centro una inscripción en letras doradas con el lema: “TU ESPOSA E HIJOS NO TE OLVIDAN”. Las paredes desnudas de muebles, fueron vestidas con sillas para la noche de vela.
Al atardecido, con las primeras sombras, la gente empezó a llegar, y a partir de ese momento toda la noche se tornó en un incesante entrar y salir de gentes; dentro se oían lamentos, lloros, rezos y un ronco murmullo; afuera: los hombres fumaban ese caldo tan oloroso, pero sobre todo, lo que dominaba el ambiente, era ese olor acre y a violetas. Cuando la noche se hacia más avanzada y el amanecer parecía no tener solución; los cuerpos de la gente que aún quedaban, se iban retorciendo y recomponiendo en su figura debido al cansancio que tenían, las caras macilentas por el lloro, la vela y la escasa luz de la sala; María, además tenía los ojos enrojecidos e inflamados de tanto llorar, y su corazón enjugado de lagrimas, quedaría vano para mucho tiempo.
Amaneció, y a la gente le quedaba el tiempo justo de lavarse y acicalarse; esto era posible porque los sindicatos habían decretado un día de luto en toda la cuenca minera. Llegó pues la hora convenida, la hora marcada por la tradición –otra más-. Cayo, tapó el ataúd, no sin que antes tuviesen que separar de el a María: al cual estaba aferrada como si en ello se fuera más que su Juan, que no es poco. Entraron dos compañeros de trabajo, y los dos hermanos de Juan: Anselmo y Fernando; izaron el féretro sin apenas esfuerzo, y cargándoselo al hombro, partieron en comitiva hacia la iglesia ocupando toda la calle principal, que estaba envuelta por un respetuoso silencio; sólo roto a veces por un pequeño llanto ahogado de María. Los pasos de la comitiva sonaban como un murmullo, eran el único acompañamiento que se oía.  Cuando subieron los cinco escalones que daban acceso a la puerta de la iglesia, les esperaban para recibirlos: el sacerdote con el hisopo, y tres monaguillos que portaban cada uno: la cruz, el cirio y el incensario. Pasaron todos dentro del templo donde se ofició la misa y el responso por el  difunto. Acabado este momento, se invirtió el camino andado hasta bajar los cinco peldaños; allí se subió, féretro y coronas, al coche fúnebre para ir al cementerio... el final del viaje; el coche giró entre la casa  Luis y casa Falo, subió la cuesta de Fidel, llegando a dejar a la izquierda la cuadra del  “tío lombas”  en el Otero, y ya sin más, enfiló el camino de la mina de Ciñera: encajonado por las altas y peladas montañas, por el arroyo vericueto, y por dos filas de chopos tan altos que si miras para arriba, parece que escriben en su cimbrear en el limpio azul del cielo.
A las cinco de la tarde todo había pasado, el último pésame dado, y la gente ya iba por el camino de regreso al pueblo; mientras, ella al pie de la fosa, apretaba a Juanito contra su regazo y mantenía a Raquel aupada en sus brazos. El sol, en su ocaso les iluminaba con su luz anaranjada a la vez que alargaba sus sombras hacia la vieja mina. Fue la ultima imagen de ese día en el recuerdo de la gente del pueblo.
Al día siguiente, el sol salió de nuevo llenando de vida las tierras ocupadas por las sombras de la noche, y de los ecos de la desgracia –por desgracia- se iban evaporando como la escarcha con la fuerza del sol. Todo el mundo se acostumbra a lo malo, y más cuando es algo innato en la manera de vivir. Pequeñas cosas nos indicarán que hubo una desgracia, ni tan siquiera hace un día. En el cementerio: una tumba con la tierra recién removida y unas flores sobre ella aún frescas, y una cruz temporal –en espera de la definitiva-. En el pueblo: una casa con las ventanas cerrada, y una puerta cenefada por un crespón –en otras viviendas, aún perduran-; y en los lugares habituales a tal efecto, las esquelas mortuorias con sus:
- Rogad a Dios...
- Qué recibió los Santos Sacramentos...
- Su apenada esposa, e hijos, etc...
“... Unas esquelas que la interminable lepra del tiempo, el sol, y la lluvia, se encargarán de granizar sus restos por el suelo.”
Y en los corazones de esta familia, el inmenso vacío que ha dejado su marido y padre; pero la vida continua, tiene que continuar, pues los hijos están por crecer y ella... Ella aún es joven, y tiene un futuro por delante.

Juancar 1995.

viernes, 11 de marzo de 2011

Despedida I

DESPEDIDA  I

        Desde la profundidad del pozo donde mi ser acampa hace ya algún tiempo, donde el silencio de mi entorno hace que en mi cabeza resuenen con fuerza sus últimas palabras, y la imagen de aquella situación: Como en los últimos domingos y después de comer con la familia, salí hacia la estación de autobuses a recibirla -La tarde era clara y templada- Crucé algunas calles, una avenida, y llegando al Portillo, el sol empezaba a caer sobre el mismo techo de la estación de tren. Seguí dos calles más hasta la cercana estación de autobuses, el final de la línea que me trae a  mi chica. Tras una corta espera del autobús, llegó, paró, abrió sus puertas, y la gente comenzó a descender; mayores y jóvenes con ganas de diversión. Al fin, ella bajo acompañada por su prima, y al verme, hizo la misma  mueca de siempre: entre alegría, risa y vergüenza. Llegó a mi altura, y  sin anestesia – como diría un cómico – me lo soltó... Y yo hierático quedé quedo, sin saber que decir o que hacer.  Al volver en mí de este sueño, me encontraba solo en mitad de la calle Borao.  Habían desaparecido los viajeros, ella y mis ilusiones.

Celada, Zaragoza 1976

jueves, 17 de febrero de 2011

te contaré un sueño

TE CONTARÉ ...


Te contaré... Ese día había sido muy duro para Alberto, así que al llegar la noche y tras una frugal cena, él decidió acostarse pronto; puesto que al día siguiente debería madrugar más de lo corriente. Subió a su habitación con paso lento, y cansinamente abrió la puerta, dio un paso dentro de ella, y ni se inmutó al cerrarla tras de si..., solo veía la cama. Se desnudó presto, dejando la ropa al revoltijo en el mismo lugar donde se la quitó. Abrió la cama descubriendo un interior de blancos lienzos, y penetró en ella con la rapidez que le dejaba su cansancio; apagó la luz y cerro sus ojos. Los primeros pensamientos que le vinieron a la mente, fueron aquellas imágenes de la mujer que estaba a su lado en el trabajo; recordaba su perfume y su silueta sensual al desplazarse por el despacho. Aun dormido, notó un cosquilleo al recordar como sus cuerpos se juntaban con una sensualidad inusitada al hacerse alguna consulta laboral... Empezó a fantasear que en ese momento de acercamiento, él descaradamente la besaba... y ya no pudo seguir, pues quedó quedo y dormido.
... Así me lo contó él.

Celada Octubre 1995

miércoles, 2 de febrero de 2011

El colegio y el 2º amor

El colegio y el 2º amor

Precisamente aquel día parecía que iba a ser un día como otros tantos durante el curso. Los días que llegábamos pronto al colegio, este tenía sus puertas cerradas, y no nos quedaba más remedio que dejar los libros apoyados en el muro del colegio de las chicas –estaba justo al lado-, pero ese día todo iba a dar un giro inesperado; pues después de pasar un buen rato, abrieron las puerta, recogimos los libros, y entre voces y empujones entramos en las aulas. Una vez dentro, dejé los libros con mimo sobre mi mesa... yo me dejé caer sobre mi silla con menos cuidado que el que use para dejar los libros; de repente al mover el libro de ciencias, una nota muy doblada, resbaló de entre las págs. Del libro. Yo miré a mi compañero de pupitre, y le pregunté si era suya... no, fue su respuesta; así que esperé a la entrada del profe, para... escondido detrás de las espaldas de mi compi de delante, empezar a desplegarla; las vecinas de pupitre, esperaban curiosas el resultado. Yo seguía a lo mío, y una vez desplegada y planchada, me puse a leerla:
Hola, soy...
Y patatín..., y patatán..., chucuchucu..., etc...
-mientras, mis carrillos iban marcando una sonrisa callada-
la carta continuaba con su relato, sentimientos, y...
-yo, mientras más leía, mi corazón comenzaba a acelerarse más y más, haciendo que el calor llegara a las mejillas-
-Ellas, mis vecinas de pupitre; sospecho que algo sabían pues al ver el rubor en mis mejillas, comenzaron a sonreír, hacerse señas, y murmurar con la mano cubriendo sus bocas- (seguí con la lectura): Y yo te..., contigo a..., y que si sí..., y que si no..., total, que le gustaba, y que quería salir conmigo.
Firmado xxxxxxxxx

Esa fue mi primera y única experiencia en el arte del ligoteo, y tuvo que ser ella la que dio el primer paso. Todo fue bien, hasta que un verano llegó al pueblo un equipo de RENFE para unas modificaciones en la estación y las vías; el ingeniero venía con su hijo... un futuro universitario, y la madre de mi novia consideró que eso si era un futuro para su hija; así que la prohibió verme, y todo se acabó ahí mismo, como había comenzado... al verme por la calle, cambió de acera.

Juancar  

jueves, 27 de enero de 2011

Viaje

VIAJE


...Comenzaba a clarear el día, y estábamos tan  nerviosos como los chiquillos que comienzan una aventura en su joven vida. Saltamos de la cama, nos lavamos -bueno me parece- y posiblemente nos peinásemos. Desayunamos, y seguidamente fuimos a comprobar por tai-tantas veces el equipaje que ayer noche quedó hecho. Llegaron las despedidas y adioses a los niños, vecinos y al perro. Colocamos todo nuestro equipaje en el maletero del coche, bueno, menos el agua ¡Por si acaso...!Las manzanas ¡Por si acaso...! Y los caramelos más a mano. Montamos en el auto, nos pusimos los cinturones, aseguramos las puertas, y nos giramos hacia nuestros hijos y perro que, en formación, nos despedían con ganas de soledad. Metí la llave en el contacto, giré media vuelta y... (nada), volví a girar otra media vuelta y... (nada),... la batería no iba: Se había suicidado pensando en el frío Turolense que esa noche nos abrazaría.
Y luego, las malas lenguas dicen que: “Teruel no existe” ¡Ya hablaremos,... ya! Nos miramos a la cara, y estallamos en una carcajada, y no por la batería, si no, al ver por el espejo retrovisor la cara de circunstancia de los tres espectadores que seguían en la acera, anonadados por tenerse que ejercitar a esas horas en el empuje de coche y su posterior lanzamiento; nuestras risas seguían acompañándonos durante varios kilómetros.

Juancar 1995 

jueves, 20 de enero de 2011

Angel


 Ángel 13/12/95  

 Se recostó con pereza inquieta sobre su silla, un giro más y colocó su brazo derecho sobre el enorme y grisáceo radiador de la calefacción, el cual demoraba su función hasta el final de la jornada. Al final ya estaba acomodado en postura casi de contorsionista entre la silla y el radiador, entonces, con un suave ladeo de la cabeza la apoya en su hombro con un rictus de paz y sosiego... quedándose transpuesto. No pasó mucho tiempo Ángel en esta posición de paz y sosiego, no, fue más bien corto. El bochinche llegó en forma de Jefe de la dependencia o simplemente en forma de pregunta ¿Islas Feroe?. ¡Dios! Ángel Saltó desde el respaldo de la silla como impulsado por el resorte de la incomprensión, tras esta punta de ferocidad  llegó – Villa – al valle de la calma. Enderezó su fornida estructura de Cántabro, giró sobre si mismo, – sin decir palabra – y en dos zancadas se plantó ante la puerta. Abrió, y salió sin que nadie viéramos  su gesto ni el semblante, solamente su espalda de azul aviación, y una retahíla de palabras incoherentes.

Juancar. 13/12/1995
     

lunes, 17 de enero de 2011

Ya ha pasado el tiempo...

Ya ha pasado el tiempo...

Ya ha pasado el tiempo –Diciembre-, ese tiempo que hemos dedicado a la preparación de compras, de duros balances anuales, de loterías: con sueños cumplidos, y sueños... ahí, en el mundo de las ilusiones; mas siempre nos queda ese dicho: “Mientras haya salud...”. Pero diciembre no solo es eso, no, también es el mes de las familias; el mes de las felicitaciones y buenos deseos a todos nuestros conocidos; el mes de la tristeza por antonomasia; el mes de los excesos pantagruélicas. Pero diciembre, es, y será por siempre el mes de la solidaridad, de esa seudo  solidaridad programada; es el mes en el que todos los que más tienen, piensan en los que no tienen nada,... ni vergüenza de tener hambre; pero  ellos se parten el pecho exhibiéndose por los tablados, como si de pavos reales inflados de ego se tratase. Tras las campanadas de noche  vieja, entramos en enero, y en un nuevo periodo de calma forzada y relax hasta la llegada de la última fiesta familiar, “Los RR.MM. de Oriente” es la fiesta de todos los niños, y de los que aún no siéndolo, así se sienten.
Las “rebajas” dan el punto final a todas estas fiestas, y a la parafernalia que las rodea; mas lo peor, es que volveremos a dejar de ser esos solidarios de “papel couché”... vamos, nosotros mismos. Pero tranquilos, hay una buena noticia... y es que sólo faltan once meses, para repetir esos mismos rituales; perdón, pero a veces estas fiestas apestan por los condicionantes que van parejas a ellas.
Juancar

viernes, 14 de enero de 2011

La partida de mus.

LA PARTIDA DE MUS

La noche se va alargando. A la vez, el ambiente se va tornando más espeso, casi irrespirable, bien por el sudor de tantas horas sentados, bien por el humo de los puros  habanos, o bien porque el desvencijado ventilador hace horas que dejó de girar y dar muestras de vida.
Una joven, bella, y con los rizos de su largo cabello cayéndole por sus hombros descubiertos, y por el largo y sinuoso escote de su vestido. No deja de ir de un lugar a otro de la estancia –cómo una leona enjaulada– solamente una botella en su mano me indica que es la camarera puesta por el tuerto smithy a tal efecto. No dejo de observar soslayadamente sus idas y venidas por la sala, sus gestos y mohines casi imperceptibles, y cómo coincidía con las manos ganadoras del tuerto smithy. ¡No me cabía duda ya!, de que era una chivata... un espejo.
- Pensé para mí en qué hacer para descubrirles el engaño –
 Así que puse en marcha todo mi arte y habilidad en el manejo de las cartas. Pasadas varias manos ya lo tenía dispuesto para mi plan. Llamé a la chica para que me llenara el vaso y de paso, dejar que viera mi jugada; tras un instante y cuando la señal había llegado a su destino, rehice mi jugada ganadora. Al tuerto smithy no le hizo gracia perder el completo en la última mano. La llamó y cuando estaba a su alcance estiró el brazo con la mano abierta para abofetearla; al efectuar este gesto, una carta – la sota de oros – salió despedida de su bocamanga... Un silbido hirió el aire, y el estilete clavó la carta en la palma de la mano del tuerto smithy, – a la vez –  y tras el estilete, llegó la voz de mi par ¡Las damas no se tocan!

Juancar

miércoles, 12 de enero de 2011

Pueblo mío que estás en la colina.

Pueblo mío que estás en...

Hay una canción que José Feliciano cantaba en los años 70, titulada: “Qué será”:

"...Pueblo mío que estás en la colina.
Tendido como un viejo que se muere.
La pena, el abandono son tu triste compañía.
Pueblo mío, te dejo sin alegría.
Mis amigos se fueron casi todos,
Y los otros partirán después que yo,
Lo siento, por que amaba,
Su agradable compañía,
Mas es mi vida, me tengo que marchar.
pueblo mío me llevo tu memoria,
que fue la fuente del amor primero,
pueblo mío te lo prometo,
pero cómo y cuándo no lo sé.
Mas sé tan sólo que regresaré".


Esta canción refleja fehacientemente lo que está sucediendo en Ciñera, mi pueblo, en estos momentos; bueno en realidad en toda una comarca minera de León. Y como la misma canción dice: son pueblos de montaña que están tendidos en ellas, y ahora lan-guidecen postrados en su lenta y prolongada muerte; una muerte tan anunciada, que al final se hacía esperar... pues lo peor de la muerte, no es la muerte en sí misma, es la incertidumbre del momento final.
La fecha oficial del óbito ha sido el día 01 de Enero de 2011. Aunque su muerte comenzó cuando se decidió sustituir el carbón, con la excusa de que generaba mucho co2, así pues, todo el mundo comenzó a demonizar el carbón, y a los mineros, como si no hubiéramos sufrido bastante desprecio ya por la sociedad.
Aunque la gente, de frágil memoria por naturaleza, no queramos reconocer que los grandes logros en la lucha por los derechos laborales y sociales del obrero, siempre comenzaron en el fondo de las minas, pero ¡Allá ellos! Tampoco reconocerán que gracias al carbón, en ciudades como Madrid, quitaron el frío durante (6)décadas, pero ¡Allá ellos!, mas por una vez dejemos de ser unos cínicos e hipócritas, y pensemos que acabamos de defenestrar a todos los habitantes útiles de esta  montaña central de León, dejándonos la tierra yerma de trabajo. Como ya sabemos que las desgracias nunca vienen solas, a nosotros nos llega acompañada por el cierre de la central térmica de La Robla; con el cierre de las gasolineras debido a la apertura de la AP-66, y la falta de tráfico por nuestra N-630; con el abandono del tráfico ferroviario, y eso que el AVE pasará por las entrañas de nuestra tierra.

Epitafio:
Adiós a ciento diez años de minería y de tradición minera. Adiós ancestros, que en la tierra yacéis después de una vida de trabajo bajo ella.

Amiga, que tu nombre no sé si puedo decirlo...

Amiga, que tu nombre no sé si puedo decir…

Estoy escuchando esta música que tú me regalas, y casi... casi sin darme cuenta, me veo paseando por el camino del cementerio de mi pueblo: jalonado de chopos, robles, y hayas; de esos aromas a ocre, humedad, y frutos del bosque tan otoñales; de esos ruidos sibilantes y veloces entre la hojarasca que alfombra el camino, y las sombras de los árboles; de ese viento que se detiene, dejando de hacer sonar las hojas secas, que bien  por timidez o miedo a volar, siguen en las ramas. Si me detengo, al fondo, en el ribazo, puedo escuchar el soniquete del agua del arroyo descendiendo hacia el río; mientras mis manos palpan el mullido musgo de las piedras del cercado.
Mientras suena: “Country”, Keith Jarrett & Jan Garberek

Juancar
Dedicado a Ti, que sabes quien eres.

jueves, 6 de enero de 2011

El adobe de mis recuerdos.

EL ADOBE DE MIS RECUERDOS

Ahora, y con el tiempo pasado a mis espaldas, estoy plantada ante lo que antaño me parecía la mansión de mis sueños, el lugar donde siempre me encontraría segura, y donde viviría los sueños de amor más felices (cómo lo habían vivido mis antecesores)  a la postre sueños de una infancia feliz.
Escuché la voz de mamá – ponte el vestido nuevo, ¡Anda! –  con los nervios a flor de piel, corrí hasta la habitación. ¡Sí! ¡Ahí! estaba el vestido más bonito que hubiera soñado, con el haría realidad mi sueño de bailar con mi Felipe en la plaza el día de la Fiesta Mayor –  en la soledad de mis sueños sentía que un día habría un beso entre ambos –  mas no era el único motivo por el que estaba feliz.
En esa casa de adobe, ahora vetusta y no tan grande como la recordaba, era el lugar donde habían nacido mi papá y sus siete hermanos. Era la casa donde los abuelos crearon una familia, donde vivieron, y donde ellos acabaron su ciclo. Mis padres continuaban con el suyo, y aunque luego migraron a otro lugar. Esa casa seguía teniendo impregnado en sus paredes ese sabor familiar que durante las vacaciones que pasaba en ella  era capaz de transmitirme. Aquel patio en el que tanto jugué, y que luego, mis sobrinos hicieron lo propio.
Aquella Fiesta Patronal no la olvidaría jamás, ya que algo había en el ambiente que me lo hacía presagiar: El vestido nuevo, el nervioso trajinar de mi mamá por toda la casa... Y sobre todo en la angosta cocina – murmurando (todo debe salir bien, hace tanto tiempo) – comprobando una y ciento cada cazuela, cada plato preparado.
Al final mi presentimiento me dio la razón, y como si de una riada se tratase, empezaron a desencadenarse los sucesos: Llegaron mis tíos de Mérida, pero no sólo para la fiesta, sino para recibir a mi tía exiliada en Francia por motivos que a posteriori fueron obvios. Fue algo maravilloso aquel reencuentro lleno de abrazos, besos, gritos, llantos y lagrimas de emoción. Pasado este primer momento de emociones y de relatos por ambas partes, comimos juntos en aquel patio, bajo la sombra de la parra y del erguido árbol que mi abuelo plantó. Todo fue maravilloso; y ya, caída la tarde, nos dirigimos a la verbena en comanda y agarrados del brazo para que nadie pudiera escaparse. Sonaba la charanga, la música revoloteaba por el aire, el bullicio de la gente era notable, las mozas y mozos iban posicionándose para el baile. Las madres se situaban estratégicamente para controlar el buen nombre de sus hijas. Los hombres se reunían en grupos, y al final al chigre, dejando a las mujeres solas ante la tarea de defender el honor de sus hijas y hacer algún traje que otro.
 Yo, un poco nerviosa no dejaba de comprobar donde estaba mi Felipe, quería que me viese mayor con mi vestido nuevo, que me dijera lo guapa que estaba, bailar juntos y comprobar si mis sueños se realizaban. Cuando ya no esperaba a ese ¡Vil canálla! Que me había dejado como una estatua en pleno baile, y a punto de empezar a llorar. Unos dedos tocaron mi hombro derecho, me giré, nuestras caras quedaron tan cerca que sólo sentí unos labios húmedos en mi carrillo, un rubor, y cómo mi enfado desaparecía de golpe. Fue la guinda sobre aquel fabuloso pastel.
Hoy la miro con añorada nostalgia, y con la pena de tener qué remozarla, pero la vida sigue y  comienza un nuevo ciclo. ¡Mi ciclo!




Para mi Maripepa de tu Felipe.
Juancar

martes, 4 de enero de 2011

Sirena Gallega.

                 SIRENA GALEGA


 Hoy, sorprendentemente, el día había amanecido despejado, esto hizo que me animara a dar un largo y relajante paseo por el malecón, como punto de separación entre el puerto y la mar abierta; y para poder respirar ese aire marino con sabor a yodo y a sal; escuchar esos sonidos que nunca se olvidan como: el “chob” ”chob”de las olitas del mar golpeando el muelle, los graznidos de las gaviotas que sobrevuelan nuestras cabezas, o siguiendo a esos barcos que vuelven con su preciado y trabajado tesoro; incluso el “Popo... popo... popo” de los motores de los barcos navegando por el interior del puerto. Paseaba absorto en mis cosas, y a la vez con la mirada puesta en esa mar interior, contemplando ese movido flujo de barcos que entrando y saliendo del puerto le da la vida a esta villa.
Sin darme cuenta y como si fuera la recreación del cuadro de Dalí: “ Muchacha en la ventana de 1925” (el cual representa a una mujer mirando por una ventana hacia la mar). Me encontré con esa misma imagen delante de mis ojos. Ella, en esos momentos se encontraba como si lo de su alrededor no formara parte de su propia ensoñación, no la distraía nada; me quedé quedo observándola. Sentada sobre un noray, huérfano de jarcias pero agradecido por ser el sustento de tan bella sirena. Mientras, una suave brisa marina mecía su áurea melena de izquierda a derecha, o como dirían os homes de mar: de babor a estribor. Su rostro, solo visible a los ojos de los marinos desde sus barcos, por eso, no sé si el azul de la mar y del cielo son el reflejo de sus ojos. Ella, mientras, seguía impasible con su mirada a la bocana del puerto, no sé si espera la llegada de su hombre, o si acaba de perder de vista la estela de su barco partido.
Yo, llegado a este punto, continuo mi caminar, me voy alejando de ella con un poco de pesar por no poder saber su historia, pero llevándome en la retina la imagen que durante estos breves momentos he contemplado de esta moderna sirena, y con la que recrear mi propia historia de ella.

Juancar 
Dedicado a mi sirena Gallega.

lunes, 3 de enero de 2011

Los Amantes, van...

LOS AMANTES, van...

(...) Cuando aún no habían sucumbido las sombras de la noche ante las primeras luces del alba.
Cuando aún, los últimos amantes rezagados, se cruzan por las estrechas calles con los tabernarios ahítos de alcohol, titubeantes, y erráticos.
Entonces, y sólo entonces, es cuando se me vence el sueño de velar tu sueño.
Es cuando las primeras voces que han de sacar a la ciudad, poco a poco, de su sueño nocturno –fruteros, aguadores, etc...-, y yo trato de acallarlas susurrándote en los oídos: ¡Te quiero!.
Entonces, es cuando te contemplo en silencio, cuando tus ojos no pueden verme; cuando tu belleza dormida y serena, resplandece en la semioscuridad de la alcoba como un lucero. Y eso, mi vida, que tus ojos cerrados no dejan al descubierto esas dos ascuas, que de envidia nublarían al mismo sol.
Entonces, y solo entonces, es cuando deseo con vehemencia de tus labios carnosos y húmedos, libar tu risa, tu voz, tus suspiros, y hasta cuando me dices con dulzura “Amor”.
Mas... cuando la ciudad se ha desembarazado de las primeras voces, acaece un suave silencio, ahora solamente roto por el trinar de algunas de las aves del cercano parque. Entonces amor, es cuando en tu cuerpo empiezan a asomar síntomas de tu despertar: ese pequeño subir y bajar de senos, aumentando  la necesidad de coger del aire lo más preciado de la vida; una mano que, en la somnolencia, comienza a tantear a ciegas hasta que topa con la mía... buscando ¿Qué se yo?.
Pero, ¿Me sonríe...?, con una leve mueca de sus labios, y a mi, me enerva, y me enamora; me transforma y me lleva a postrarme a su lado, acurrucándome, para que ni el más mínimo resquicio pueda quedar entre ella y mi amor.
Por fin... Ella, primero se incorporó, estiró los brazos por encima y detrás de su cabeza cogiéndose los cabellos, que con un estudiado alboroto le colgaban hacia la espalda. Se los masajeó primero, y luego, los despeinó más si cabe, mimosamente. Luego, en un acto que parecía lento... pestañeó, y abrió los ojos para buscarme con ellos.
En un punto intermedio nuestras miradas se encontraron, y como si de un supuesto hechizo fuera, nos fuimos atrayendo poco a poco, hasta que al punto de que nuestros labios se rozasen primero, y se fundieran en un apasionado beso después, la dije: buenos días; ella me contestó silabeando: Buenos días, mi amor... La así por la cintura, y estreché mis labios contra los suyos. De no ser por la ciudad que volvió a despertar, arrastrándonos, aún estaríamos en esa dulce posición toda nuestra segunda luna de miel.
Ciudad maldita, que en los mejores momentos nos arrastras sin piedad en tu vorágine, ora nos acercas, luego nos separas, no quieres darnos ese respiro que como toda pareja enamorada necesita en estos momentos de la mañana.
¡Calla!, calla por piedad, y déjame con mi enamorada esta mañana amar. 

Juancar. 23-07-1992. Valencia  

Un viaje en coche... ¿Ya veremos?

VIAJE EN COCHE ¿Ya veremos?

Si fuéramos pájaros y sobrevolásemos el paisaje en este preciso y precioso momento, solamente veríamos un gran mosaico formado por una variada gama de terrenos ocres y amarillos resecos, regatos vacíos de vida; y una larga, estrecha y sinuosa carretera mal asfaltada que divide en dos los campos. Por esa carretera: estrecha, sin arcenes, sin líneas divisorias, con un asfalto negruzco y parcheado mil y una vez durante las horas más tórridas del verano.Y cuando más aplanaba el sol las pocas sombras existentes; un vehículo circulaba en esa misma carretera, jalonada de postes eléctricos que pasan por mi ventanilla a un ritmo cadencioso, mientras, en sus cables: languidecen en un frágil equilibrio, por el calor, los negros  grajos;  a la vez que un majestuosos neblí otea desde lo más alto del azul del cielo. También, de vez en cuando, aparece un árbol medio seco, de ramas alicaídas... Que más parece suplicar socorro en forma de agua, o compañía de otros árboles. Así transcurría lo que hasta ahora era un plácido viaje a través de  La Mancha, tan extrema y profunda a la vez.
Me encanta circular por este tipo de carreteras con el brazo en la ventanilla... el aire dándome en el rostro, y cantar a pleno pulmón con la cabeza fuera... ya sé, ¡Ya!. Aunque este tipo de carreteras tienen su aquel, y su intríngulis, su peligro, y sus posibles sorpresas. Las sorpresas y divertimentos... vienen de la mano de los pequeños o grandes badenes que funcionan como una montaña rusa con sus subidas y bajadas... Mas ahí radica también su mayor peligro debido a: un posible mal adelantamiento, o un obstáculo imprevisto, pero ¿quién piensa así cuándo uno se divierte? -¡Nadie!- 
Algunas veces estas carreteras transcurren por terrenos despejados a ambos lados, en los que pueden predominar: los cultivos de cereales, los curiosos y coloridos girasoles, o simples hierbas moteadas de: blancos virginales, amarillos como el mismo sol, e incluso el rojo carmesí de las amapolas. Otras veces transcurren por entre taludes y muros, lo que hace que los árboles frutales e incluso las vides... vayan  circulando a nuestro lado a diferentes alturas, es como si formasen parte de un tobogán imaginario.
Y por último, esas carreteras abandonadas, pasando por aldeas semi-abandonadas y con casas medio en ruinas; abuelos sentados al borde de ellas... como esperando a que vuelva lo que hace tiempo ya se les fue por esa misma carretera, pero más bien parecen recargar su cuerpo de energía para la etapa final. Al pasar, ellos siempre miran sonrientes y con curiosidad, y si tocas el claxon y les saludas... ellos responden y saludan como si nos conociéramos de toda la vida; unos metros más adelante y si la curiosidad te pica, miras por el espejo retrovisor... Y ahí los ves aún saludando ¡Encantadores! Simplemente encantadores; bueno, y si paras, y les preguntas... ¡Dios! El tiempo se detiene en ese mismo momento. También pasan cerca de: inutilizadas ermitas e iglesias, donde solo se da culto ya a los recuerdos; de abandonados palomares yermos de vida alguna -aunque algún halcón sigue haciendo guardia cerca de las estrellas-, están aislados en los páramos, pero con una arquitectura aún preciosa y preciosista digna de seguir estando en los libros de arquitectura; de viejas estaciones – antes bulliciosas de viajeros-  y de sus vías sin destino alguno; de puentes que ahora observan más pausados el paso del último despistado de turno , o como yo... de un soñador sentimental, al que las prisas de ahora no convencen.
Pero como todo tiene un final... El de estás carreteras está detrás de una curva, tras la cual... Nos tropezamos indefectiblemente con una ciudad.

Juancar 10/08/2010

sábado, 1 de enero de 2011

Bienvenidos a este, nuestro neófito año 2011

... Hoy, por fin, se han hecho realidad esos sueños que nunca parecen cumplirse. El primero, fue amanecer en un nuevo año, pero gracias al gobierno descubrí que íbamos a ser un poco más pobres; no solo de dinero, sino, de luces... lo pilláis. El segundo, descubrir que pese a todo, estaba en el mismo sitio, y que nadie había dejado café hecho. El tercero, cumplir la promesa prometida: Abrir un blog, para disfrute vuestro y vergüenza ajena mía. Las demás promesas, como: dejar de comer, engorda, hacer deporte, etc... chicos, estás son vuestra promesas y va a ser cosa vuestra... Y si, dejar de fumar; pero no os preocupéis, porque en esta ocasión otros se van a encargar de que lo dejéis.
Quiero agradecer desde esta mi nueva ventana al mundo: a todos mis amigos del "Museo virtual de viejas fotos de 20´", a mis nuevos amigos de "Soy aficionado a ...", y a todos que lean esta pág. en general; por vuestra amabilidad y tiempo. Aprovecho para desearos a todos un feliz cambio de año, y que nos sea más propicio.
Saludos, juancar.