EL
RETRATO
El
edificio donde vivo tiene sobre la azotea, un piso a modo de una buhardilla, y
desde hace mucho tiempo nadie la habita; En ella, se han ido acumulando objetos
más o menos validos o valiosos para sus dueños. Hace un año se ordenó vaciarla,
mas nadie hizo caso, bien porque ya no vivían, o porque habían olvidado los
objetos allí depositados. Con el tiempo,
llegué a ser el presidente de la comunidad y disponer de las llaves, claro,
sucedió lo adecuado en estos casos de curiosidad, cogí las llaves, ascendí por
las escaleras al piso, abrí la puerta y, en ese momento, me sentí como Alicia
descubriendo el país de las maravillas. Entré en el piso, la luz penetraba escasa por las rendijas de las
desvencijadas persianas de madera; Acostumbrado a esa semi-penumbra, di los
primeros pasos por las habitaciones y los recuerdos allí depositados y
amontonados –cada uno tiene su valor- y
cada habitación parecía haber sido escogida como a posta. Elegí una a una cada
habitación con un orden no establecido para recrearme en lo encontrado e
imaginar mil y una historia allí encerradas; En la primera que entré había
muebles –un antiguo caballete de pintor- , cuadros, etc... Pasé a la segunda
habitación en la que había: Algunas cajas y maletas con ropas y algunos aparatos:
Una “Singer” antigua, una grabadora Alemana de cintas, un proyector de 8mm.
Etc... Y por fin, llegué a la tercera y última –fue allí- donde encontré,
quizás, lo más valioso: libros, postales de amor fraterno y nostalgia llegadas
desde lejos, mas con la emoción, al mover todo aquel mundo pasado descubrí que
un retrato llamaba mi atención.
Reajustemos
el comienzo de la historia: Tras pasear en la semi-oscuridad, llegué a la
habitación del fondo –la tercera- quedándome atónito ante los tesoros que veía,
algunos óleos, y muchos libros de: Literatura, novela, de estudio, etc... Me
quedé absorto allí, sentado en un taburete desde el cual comencé a bucear en
aquel maremágnum de palabras escritas, estaba pasando las hojas con efecto de
abanico para recibir el aroma del tiempo, de la tinta en el papel y... ¡zas!
Una foto resbaló del interior de ese
libro, lo cogí y era un retrato de una chica. El retrato estaba en perfecto
estado de conservación, era en blanco y negro con un toque de color. El motivo
central es una niña, está repeinada con su flequillo perfectamente alineado, y
con dos coletas milimétricas. Sus enormes ojos me miran un poco burlones,
pareciendo querer penetrar en el fondo de los míos, su boca les acompaña en el
mohín. Sus manos descansan sobre el saber que contiene un vetusto y azafranado
libro; delante y flanqueándolo… están un cuaderno, y un plumier de madera. Le da a la foto el
toque aséptico de una perfecta estudiosa –me consta que lo fue-. Sobre su
cabeza, cual corona, tres cuadros formando un tríptico: El buen pastor, y a
cada extremo dos marinas. Es curioso, cuanto más miro ese retrato, su mirada
penetra más en mi interior haciendo que me enamore de ella, de un sueño, de un
recuerdo, de algo tan intangible como intangibles son los sueños, por lo cual
pienso que este retrato es un sueño aún siendo tangible.
Al
final el ordenante mandó unos obreros para llevar acabo la limpieza y ahí, en
ese mismo momento, los sueños se esfumaron con la realidad.
Celada.
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