lunes, 24 de noviembre de 2014

Encuentro

ENCUENTRO

     Después de tanto tiempo rodando por varias ciudades, recalé de nuevo en el lugar donde de joven lo pasé tan maravillosamente –Zaragoza–, donde conocí la diversión. Otra forma de vivir y disfrutar la vida. También conocí el amor más intenso y como contraposición el gran dolor del adiós. Descubrí el ser hombre, abandonar la adolescencia, y conocer los secretos de la juventud.
     Todos estos recuerdos se agolpaban uno detrás de otro; y sin darme cuenta había recorrido esos mismos lugares por donde antes paseábamos juntos. Protegido, por mi abrigo y bufanda, del frío que me rodeaba… acabé con la mirada en el suelo, y levantando con los pies las macilentas hojas de los árboles que conformaban un suave y crujiente manto por el que nos deslizábamos los paseantes del parque. Así iban pasando los minutos hasta, que un griterío bullicioso de niños me sacó de mis ensoñaciones. Quizás fue en ese preciso momento, cuando algo hizo dar un terrible vuelco en mí corazón y, la curiosidad me atrajo hacia el lugar desde donde partían las vocecillas. Llegué de puntillas hasta detrás de unos setos, y apoyándome en una vieja sabina… Quizás, conocedora de tantas historias de amor y de juegos infantiles, de verlos crecer y traer sus propios hijos a cobijarles en su sombra. Empecé a observar a los niños en sus juegos y risas, me reía con ellos para mis adentros – mas, algo me turbaba – y fue en ese preciso instante ¡Cuándo...!. Se me embargó y llenó de ahogo la garganta y el corazón al descubrir a... ¡Aquél niño! Si, ¿era yo? Mi retrato, mas ¿cómo era posible? Si entre él y yo había veinticinco años de diferencia, ¿podría ser qué...? Es más, debería ser, sino…, podría volverme loco. Sucedió de todos modos, al aparecer “Ella” y llamarle... «Hijo». Cómo pudo tenerlo sola, dejarme en la sombra y en la ignorancia. Si yo la amaba... ¡No! ¡Aún la amo!
Yo, mientras tanto, desde el retirado y seguro rincón, les contemplaba abrazarse, reír y jugar juntos, mas sobre todo, miraba como ella – embelesada – le contemplaba y le besaba en los carrillos. A la vez, yo notaba en los míos esos mismos besos, y ese suave calor que me transportaba a otra época en el mismo lugar y con la misma mujer. Por fin, me decidí a salir del rincón donde estaba y avancé con paso presto por el miedo a que escapasen otra vez de mí vida - como el agua escapa entre los dedos –, llegué a su altura, y sin decir nada... nuestras miradas se cruzaron y juntas fueron a confluir en el niño, que absorto nos contemplaba sin saber ¿el porqué? Pero... Sí sabía que él era el centro del mundo en esos momentos. La única palabra que atiné a articular fue ¿por...? Ella, como en un susurro – dijo - ¡perdóname! Te quería tanto qué...  ¡Calla! - ¡La supliqué! – Me acerqué más a ella, rodeé su cintura con mis brazos y con fuerza la besé en la boca.
El niño mudo espectador de algo que no comprendía, callaba, y ella se dejaba hacer; tras un largo rato así, la tomé de la mano y sin forzarla comencé a llevarla; me giré... miré al niño, le dije  ¡Vamos! Y sin mediar palabra alguna nos encaminamos a casa para comenzar el nuevo futuro que nos esperaba. El niño, retozaba con sus graciosos juegos a nuestro alrededor.
Mientras caminábamos hacia el futuro, volví a mirar hacia abajo y… entonces comencé a percibir un cierto zumbido que se iba acercando cuanto más andábamos, hasta que en un momento determinado, fue tal el sonido, que me despertó ¿Luego? Estaba dormido. No, porque abrí los ojos y ella estaba a mi lado, me fijé  mejor, y entre ella y yo estaba el niño. ¡Murmuré...! ¡seguid durmiendo! Solamente ha sido un bonito sueño… con un mejor final.

Valencia 23/02/07. Celada.


viernes, 21 de noviembre de 2014

El retrato

EL RETRATO


El edificio donde vivo tiene sobre la azotea, un piso a modo de una buhardilla, y desde hace mucho tiempo nadie la habita; En ella, se han ido acumulando objetos más o menos validos o valiosos para sus dueños. Hace un año se ordenó vaciarla, mas nadie hizo caso, bien porque ya no vivían, o porque habían olvidado los objetos allí depositados.  Con el tiempo, llegué a ser el presidente de la comunidad y disponer de las llaves, claro, sucedió lo adecuado en estos casos de curiosidad, cogí las llaves, ascendí por las escaleras al piso, abrí la puerta y, en ese momento, me sentí como Alicia descubriendo el país de las maravillas. Entré en el piso, la luz  penetraba escasa por las rendijas de las desvencijadas persianas de madera; Acostumbrado a esa semi-penumbra, di los primeros pasos por las habitaciones y los recuerdos allí depositados y amontonados  –cada uno tiene su valor- y cada habitación parecía haber sido escogida como a posta. Elegí una a una cada habitación con un orden no establecido para recrearme en lo encontrado e imaginar mil y una historia allí encerradas; En la primera que entré había muebles –un antiguo caballete de pintor- , cuadros, etc... Pasé a la segunda habitación en la que había: Algunas cajas y maletas con ropas y algunos aparatos: Una “Singer” antigua, una grabadora Alemana de cintas, un proyector de 8mm. Etc... Y por fin, llegué a la tercera y última –fue allí- donde encontré, quizás, lo más valioso: libros, postales de amor fraterno y nostalgia llegadas desde lejos, mas con la emoción, al mover todo aquel mundo pasado descubrí que un retrato llamaba mi atención.
Reajustemos el comienzo de la historia: Tras pasear en la semi-oscuridad, llegué a la habitación del fondo –la tercera- quedándome atónito ante los tesoros que veía, algunos óleos, y muchos libros de: Literatura, novela, de estudio, etc... Me quedé absorto allí, sentado en un taburete desde el cual comencé a bucear en aquel maremágnum de palabras escritas, estaba pasando las hojas con efecto de abanico para recibir el aroma del tiempo, de la tinta en el papel y... ¡zas! Una foto resbaló  del interior de ese libro, lo cogí y era un retrato de una chica. El retrato estaba en perfecto estado de conservación, era en blanco y negro con un toque de color. El motivo central es una niña, está repeinada con su flequillo perfectamente alineado, y con dos coletas milimétricas. Sus enormes ojos me miran un poco burlones, pareciendo querer penetrar en el fondo de los míos, su boca les acompaña en el mohín. Sus manos descansan sobre el saber que contiene un vetusto y azafranado libro; delante y flanqueándolo… están un cuaderno, y  un plumier de madera. Le da a la foto el toque aséptico de una perfecta estudiosa –me consta que lo fue-. Sobre su cabeza, cual corona, tres cuadros formando un tríptico: El buen pastor, y a cada extremo dos marinas. Es curioso, cuanto más miro ese retrato, su mirada penetra más en mi interior haciendo que me enamore de ella, de un sueño, de un recuerdo, de algo tan intangible como intangibles son los sueños, por lo cual pienso que este retrato es un sueño aún siendo tangible.
Al final el ordenante mandó unos obreros para llevar acabo la limpieza y ahí, en ese mismo momento, los sueños se esfumaron con la realidad.

Celada.

Tontunas


DICHA


D

esde este trono diviso mi reino  y  a sus gentes con sus ir y devenir. Y cómo el tiempo nos afecta por igual sin medrar en la condición de cada cual. Hoy por dicha mal dicha, y de este hecho, yo escribo la dicha en este pergamino, al momento hecho, en esta fecha, la dicha con nuestra mejor dicha, y dejo esto que hago  pues no veo más que halago de mi dicha a tal dicha –dicho sea de paso-… Hasta luego.

I PARTE


Do aqueste entronamento, oteo mi  regnum et nos fidelis vasallorum malandrines me cansinan con su ire y devenire. Et como el tempus fugit a nos, nos afecta por ídem, penseme  en medrar la condición de ca cual.

En el día de hoy por dicha, mal dicha et de aquestas datas escribo la dicha en aqueste pergaminus. Al momento facido en aquesta data la dicha con nosas mexores dichas, et aquesto dejo que fago, maíx non veo maíx que afalaga de la mia dicha ante tal dicha.
En Regnuorum de Valentia a veinte et ocho de Abríl del agnus gratia  Deí de MVI.

II PARTE


De mi anterior dicho no me desdigo ni hago contradicho, pues a lo hecho... ¡Pecho! Sigo desde el anterior dicho aquí asentado, abriendo poros, cerebros y esfínteres para un buen desahogo interior, y poder tener mejor relación de lo visto y aprendido, de lo comido y absorbido.

Celada 

Relatos en la Albufera

Relato en la Albufera

“… Aquí, en su tiempo, en la Albufera se fraguaba algo más. Aquí, se reparaban sobre el mismo lugar de laboreo las hoces que, en sus tiempos servían de herramientas y, en otros momentos, de armas con las que ajustar cuentas atrasadas…”. “Así de sombrío comenzaba el relato de un retirado arrocero de la Albufera. Ya desde la infancia, hundía sus pequeños pies descalzos en el fangoso lecho de estos arrozales, eran tiempos duros”.
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 […]  Me cuenta que, una vez, siendo él algo más alto que los tallos del arroz espigado; oyó voces encendidas, y casi reptando entre las espigas para pasar desapercibido, llegó hasta el lugar donde los hombres pujaban tercamente, como dos carneros que son incapaces a retroceder ni un palmo.
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[…] Debido a tal griterío, otros arroceros se fueron acercando al tumulto con el fin de evitar que la cosa llegara a mayores, y la sangre pudiera tintar el hoy verde arrozal. Bufando, ambos cedieron, o eso al menos le parecía a los presentes… aunque, cuando se habían alejado lo suficiente, volvieron a girarse en un sincronismo que, a los demás no les tenía que haber pasado desapercibido.
Él, seguía apretujado contra el fangoso lecho, casi mimetizado por las manchas de agua embarrada y… escuchó los improperios y amenazas que, entre labios iba escupiendo el tiet Mascaró contra el Alfredo y los suyos; cuando todos habían abandonado la zona, él seguía haciendo olitas en el agua y agitando las espigas debido al temblor de su cuerpo.
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[…] Así pues, pasado el tiempo, pero tampoco tanto; un atardecer en el que estaba tendido en el verde caballón del margen, contemplando como la luz de la luna comenzaba a tornar el dorado de las espigas, por un luminoso plateado; y entonces, escuchó —así me lo cuenta— un:
—Ya estamos aquí de nuevo…
—Cierto…
—Pues a lo que vinimos… respondió el otro.
Él, aún no había reconocido las voces, pues se hablaban tan cerca y tan próximas sus bocas que, más que oír palabras, les oía mascullarlas y cuchichearlas. Al fijarme en sus siluetas recortándose contra el plateado mar de la Albufera, observó la rigidez de sus cuerpos, de sus brazos, y como si de sus dedos surgiesen cual apéndices, dos prolongaciones curvadas… eran las hoces; entonces me di cuenta. Aquellas palabras masculladas entre dientes, saliva y mala baba aquel día junto a mí… no iban a ser en balde ¡Al final!, se iban a teñir de sangre las ahora plateadas espigas y, nadie… nadie iba a poderlo evitar —así, que él seguía tumbado para no ser visto como la vez anterior—.
… Al grito de: ¡Malparit!, por parte de uno de ellos, y de ¡Lladre!, por parte del otro… Fue la señal, para que ambos brazos armados se levantasen por encima de sus respectivas cabezas, e intentar dar el cop de gràcia definitiu al contrario. La luna iluminó, por un instante, los aún virginales filos en ese momento, luego… describiendo un perfecto círculo de muerte; rasgaron  e hicieron jirones una y otra vez el silencio y la noche. —Así me lo cuenta— Mientras él seguía con la espalda pegada al caballón del margen. No sólo fueron rasgados y jironados el silencio y la noche, si no, también sufrieron ese efecto las ropas y alguna que otra rasgadura, la piel de los contrincantes.
Los dos adversarios, seguían lanzando, parando y esquivando golpes mortales… seguían a lo suyo en medio de los chapoteos y las salpicaduras, que junto con las gotas de sangre derramadas, habían empapado y teñido de otros colores ajenos a los suyos, sus camisas, fajas y «zaragüelles»… las calcetas y espardeñas, hacía rato que no se les veían o distinguían… pero ellos seguían a lo suyo, aunque de vez en cuando parecía que se ralentizaban… como si tomasen un respiro, mas sólo era eso… un ligero respiro. Es en éste punto —cuando ellos enfrascados y rodeados de una aureola proporcionada por la luna, como ese foco que ilumina a los púgiles en el ring—; la aldea, un poco lejana y recortada contra la oscuridad de la noche por las luces de sus tres calles y de las casas. Es ahí, donde mi narrador cesa bruscamente su relato para darnos un respiro.
…….....
Aprovechando unas vacaciones por el Mediterráneo, y concretamente en Valencia para descansar el cuerpo, y poder recuperar mi inspiración perdida. Los días pasan entre paseos por sus playas con sus luces del amanecer y atardecer, por sus jardines,  lugares y rincones con historia, que Valencia muestra a sus visitantes. Por  supuesto y ¡Cómo no!, disfrutar de esta gastronomía que me y nos ofrece.
Ya son varios días en los que me muevo por esta tierra buscando algo que llevar al papel. En uno de los desplazamiento por la tierra del arroz y, más concreto en Sueca, tras «esmorzar» y mientras me deleitaba con un café “tocat” de coñac, mantenía una «xerradeta» con «gent que havien» sido “llauradores”; el fin era buscar información o nuevos temas… Pude, a través de la ventana del bar, observar una cercana y pequeña placeta, con un naranjo en su centro como si fuera un gran monumento dedicado a alguien… también vi sus tres bancos —para reposar los viandantes, peatones o vecinos de portales adyacentes—, que dibujaban una especie de corona a su en rededor. En uno de ellos, me llamó la atención la presencia de un hombre, con la sensación de ser mayor de lo que su aspecto aparentaba. Narraba, a quien se acercaba y quisiera escuchar sus relatos… ya fueran niños, curiosos, o vecinos mientras toman el sol. Tuve la intuición de que ahí podría estar mi nuevo libro. Tras varios días observándole… Y conociéndole en su rutina… pensé, que un día me sentaría a su lado a escuchar sus historias, o vivencias; para ver cuál es su temática, bien por si fueran ficticias o reales, o simplemente eran una mezcla de ambas.
Al tercer día, y tras una noche de dudas y cavilaciones, amanecí decidido a iniciar mi libro, claro está, si el narrador me aceptaba como oyente. Así que ese día –decidido- fui directamente a donde sabía que podía encontrarle… y efectivamente, ahí estaba ya en su banco, con un caliqueño pendiente de sus labios, su sombrero de paja —de un amarillo mortecino—, con su ala medio caída hacia el rostro, por el tiempo y el uso que, le había hecho perder su rigidez; y con una mirada entre perdida y gozosa, quizás por tener un nuevo oyente dispuesto a escuchar todas y cada una de sus historias almacenadas en su cabeza.  
Así, durante unas semanas… día a día, y tras el ritual del almuerzo y el tocat, de esos pasos hacia su lado en el banco; de sacar mi bloc de notas, o mi grabadora… estaba enganchado como los chicos a las chucherías. El tiempo, ningún día fue el mismo, pero el calor y la humedad eran invariables. Por las noches en mi cuarto, entre tantas notas… y mientras intentaba ordenar los apuntes, que tan aprisa tomo, ya que él… habla, como si estuviera hablando con esos amigos de siempre; saltando de tema en tema. Al final, acabo rendido y casi sin poder acostarme en la cama… Un día descubrí, que tenía suficientes apuntes como para escribir mi libro, me embargaba una tímida sonrisa –como la Gioconda- enigmática.
 98 Tras el punto y final, acabé de trascribir el relato que día a día, o a ratos perdidos durante un par de semanas, me fue proporcionando el Sr. Fuster. Cerré mi libreta y,  mientras hacía esto, traté de ponerle cara —sí, un rostro— a esos comentarios. En un recuerdo que hice pormenorizado a todas las entrevistas, llegué a la conclusión que, sólo recordaba como el ala del sombrero de paja cubría su entrecejo y que, por más que lo intentase, sólo tenía vagas imágenes de él… pero donde destacaban sobre todo esos recuerdos eran los sabores proporcionados por el continuo chupar o mascar de los «Caliqueños» que se fumaba, por el humo blancuzco que exhalaba en cada calada… mientras degustaba su café «tocat» y la absenta. Recuerdo todo, menos su rostro, que al parecer nunca llegue a ver. Sí recuerdo sus manos, quemadas por el sol y la intemperie, y llena de estigmas por la curvada hoja de la hoz; las piernas, de las mismas formas y maneras que las manos… aunque los pies van embutidos en unas espardeñas de cáñamo o esparto, no sabría definirlo, y atada a la pierna con hilos del mismo material.
Ahora, en mi ciudad de alojamiento, me atraen recuerdos de aquel verano. Aquella vida tan fácil, pero sacrificada a la vez, pero tan llena de historias para contar y que os iré relatando. Tras algún viaje posterior al lugar de las narraciones… busqué, pero me fue imposible y ya nadie supo darme razón de aquel narrador oral como los de antes, me dio pena, me hubiera gustado saludarle una vez más.
 Celada
Juan Carlos celada diez.


Despedidas II y III

DESPEDIDA II


            Tus palabras resonaban con fuerza en mi cabeza, mis pies seguían clavados en el suelo incapaces de seguirte, perdí la noción de lo que me rodeaba, y solo cuando las lágrimas rodaban por mi rostro, recobré la conciencia; Ya era demasiado tarde para todo. Té perdí. Me perdiste. De mí, sé mi destino, y de ti poco sé... ¡Vamos, nada!



DESPEDIDA III



Tus palabras resonaban con fuerza en mi cabeza, mis pies seguían clavados en el suelo incapaces de seguirte, perdí la noción de lo que me rodeaba, y solo cuando las lágrimas rodaban por mi rostro, recobré la conciencia, y ya era demasiado tarde para todo; te perdí, me perdiste. Durante un tiempo te seguí y te supliqué, si tú hubieras querido, todo habría sido diferente, y sin embargo hoy de todo aquello solo me quedan recuerdos –la mayoría…  bonitos– y una asignatura pendiente.


Celada 

Destino


DESTINO

[...] Cuando nos ponemos en camino por primera vez, sabemos que llegaremos cada uno a  nuestra meta sea cual sea, mas cada uno deberá  elegir su propio camino, elegir bien el equipaje a transportar, y lo más importante la compañía que hará con nosotros parcial o totalmente el camino. Yo ya he recorrido una gran parte de mi camino, y la verdad, es que no ha sido siempre el mismo. Hubo tramos en los que mi sendero era estrecho y vericueto, pero mullido. Otros tramos parecían autovías, pero estaban asfaltados y el piso era duro, además estaban demasiado señalizados, y con muchas  salidas e incorporaciones. Mi equipaje, era cada vez más extenso, y sigue creciendo a cada paso que doy aún así, su carga es liviana y llevadera.

Celada

Señora

SEÑORA

     Querida Señora:
Hace mucho tiempo que nuestros caminos tomaron direcciones opuestas por motivos desconocidos. Ahora con el tiempo en mis espaldas y el conocimiento debido; me doy cuenta de mi torpeza al quedarme parado, e inerme en aquella calle de nuestro adiós. Debí recoger mi sangre, mi autoestima y las lágrimas que por ti derramé en aquellos momentos, y seguir conquistándote de un modo más adulto.

Celada