EL ADOBE DE MIS RECUERDOS
Ahora, y con el tiempo pasado a mis espaldas, estoy plantada ante lo que antaño me parecía la mansión de mis sueños, el lugar donde siempre me encontraría segura, y donde viviría los sueños de amor más felices (cómo lo habían vivido mis antecesores) a la postre sueños de una infancia feliz.
Escuché la voz de mamá – ponte el vestido nuevo, ¡Anda! – con los nervios a flor de piel, corrí hasta la habitación. ¡Sí! ¡Ahí! estaba el vestido más bonito que hubiera soñado, con el haría realidad mi sueño de bailar con mi Felipe en la plaza el día de la Fiesta Mayor – en la soledad de mis sueños sentía que un día habría un beso entre ambos – mas no era el único motivo por el que estaba feliz.
En esa casa de adobe, ahora vetusta y no tan grande como la recordaba, era el lugar donde habían nacido mi papá y sus siete hermanos. Era la casa donde los abuelos crearon una familia, donde vivieron, y donde ellos acabaron su ciclo. Mis padres continuaban con el suyo, y aunque luego migraron a otro lugar. Esa casa seguía teniendo impregnado en sus paredes ese sabor familiar que durante las vacaciones que pasaba en ella era capaz de transmitirme. Aquel patio en el que tanto jugué, y que luego, mis sobrinos hicieron lo propio.
Aquella Fiesta Patronal no la olvidaría jamás, ya que algo había en el ambiente que me lo hacía presagiar: El vestido nuevo, el nervioso trajinar de mi mamá por toda la casa... Y sobre todo en la angosta cocina – murmurando (todo debe salir bien, hace tanto tiempo) – comprobando una y ciento cada cazuela, cada plato preparado.
Al final mi presentimiento me dio la razón, y como si de una riada se tratase, empezaron a desencadenarse los sucesos: Llegaron mis tíos de Mérida, pero no sólo para la fiesta, sino para recibir a mi tía exiliada en Francia por motivos que a posteriori fueron obvios. Fue algo maravilloso aquel reencuentro lleno de abrazos, besos, gritos, llantos y lagrimas de emoción. Pasado este primer momento de emociones y de relatos por ambas partes, comimos juntos en aquel patio, bajo la sombra de la parra y del erguido árbol que mi abuelo plantó. Todo fue maravilloso; y ya, caída la tarde, nos dirigimos a la verbena en comanda y agarrados del brazo para que nadie pudiera escaparse. Sonaba la charanga, la música revoloteaba por el aire, el bullicio de la gente era notable, las mozas y mozos iban posicionándose para el baile. Las madres se situaban estratégicamente para controlar el buen nombre de sus hijas. Los hombres se reunían en grupos, y al final al chigre, dejando a las mujeres solas ante la tarea de defender el honor de sus hijas y hacer algún traje que otro.
Yo, un poco nerviosa no dejaba de comprobar donde estaba mi Felipe, quería que me viese mayor con mi vestido nuevo, que me dijera lo guapa que estaba, bailar juntos y comprobar si mis sueños se realizaban. Cuando ya no esperaba a ese ¡Vil canálla! Que me había dejado como una estatua en pleno baile, y a punto de empezar a llorar. Unos dedos tocaron mi hombro derecho, me giré, nuestras caras quedaron tan cerca que sólo sentí unos labios húmedos en mi carrillo, un rubor, y cómo mi enfado desaparecía de golpe. Fue la guinda sobre aquel fabuloso pastel.
Hoy la miro con añorada nostalgia, y con la pena de tener qué remozarla, pero la vida sigue y comienza un nuevo ciclo. ¡Mi ciclo!
Para mi Maripepa de tu Felipe.
Juancar
Como ves amiga "Mabel", esta ya es un poco más liada, aúnque parezca que no.
ResponderEliminarMe encanta, describes las historias hasta el mas mínimo detalle. Al leerlo, parece que uno mismo es el protagonista.
ResponderEliminarGracias, pero todos mis relatos son así, es la base, da igual el tipo de relatillo.
ResponderEliminarLO MISMO PIENSO AMIGO, UNA PLUMA QUE DESCUBRI Y QUE NO PIENSO ABANDONAR DE LEER..
ResponderEliminarTU HISTORIAS ME TRANSPORTAN DENTRO DEL RELATO...
ENHORABUENA QUE EMPEZASTES A ESCRIBIR..!!
Gracias por tus palabras, e insisto, por detenerte y deteneros un instante para hacerme feliz.
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