Un viaje en compañía
Llevaba un rato andando por esta carretera de
lineas y formas irregulares, encajada entre pretiles de piedra, era incapaz de ver
en ella ni un asomo de linea recta, una carretera con dos destinos. Llevaba,
así pues, un rato pisando el mismo suelo empedrado de adoquines, los cuales
estaban cubiertos de una escasa capa de brea negra-grisácea y con alguna
ampollas por el calor. Algo que simulaban lineas amarilluscas quemadas por el
sol, las heladas, bueno la intemperie, que les confería una textura un poco
rasposa al tacto con los dedos; la dividían en tres o cuatro partes,
dependiendo de…
Tras pasar ese rato cuantificable en
kilómetros, en los que me crucé con algún vehículo, escasos fueron, y mientras
tanto disfrutaba de mis pensamientos, de mis latidos sonando como un tambor, de
la garganta tragando la secura de mi boca por el calor y la poca humedad que me
rodeaba, y cuando todos estos sonidos amainaban, era debido: al trinar, al
criquear de los grillos y las chicharras en los árboles, al suave murmullo de
los chopos o los mimbres movidos por el aura, que de vez en cuando nos rodeaba
en un tenue abrazo, excepto en los momentos en que el paralelo riachuelo,
escaso de agua y que nos deja ver su pedregoso fondo, pasa rayano con ella y, es
entonces, que los sonidos son los de las cantarinas aguas de su escaso caudal rebotando
contra los cantos de su lecho. Aprovecho tal espectáculo para disfrutar de
esa sinfonía de sonidos, observando la cambiante pantalla del cielo.
Busqué un apoyo en el cual reposar de mi
cansancio. Encontré un pretil idóneo, estaba bañado por el sol y la sombra y no
pasaba nadie ni nada. Me acerqué. Me senté. Ya Llevaba un largo rato sentado en
el pretil, descansando con los brazos apoyados hacia atrás y los ojos cerrados,
meditaba sobre el cómo había llegado hasta este punto de la carretera y de mi
viaje, y de lo tranquilo que era ese lugar.
En un momento dado, retomo mi camino
interrumpido, y vuelvo a pisar esa rara alfombra que ante mi se va
desenrollando. Soy feliz, mas estoy solo en el viaje. Mientras continúo mi
andar, hay un sonido que a veces se hace más audible y a veces más difuso…
parece que es el traqueteo de un vehículo, o más bien de algo más grande; en
esas sigo, y el vehículo se va haciendo más grande, más cercano, más audible y
más visible la polvareda del camino que a su paso levanta… Cuando ya era
visible para mi, descubrí el colorido microbús que se acercaba por mi espalda;
su bocina me avisaba que se aproximaba más y ahora sí que percibía el jolgorio
que de su interior salía. A mi altura, el conductor me hizo un gesto de saludo
con la mano que llevaba refrescando fuera de la ventana. Volví mi rostro hacia el vehículo, y tras los cristales, el grupo de viajeros me observaba, era un
encuentro de miradas en un camino por andar, los hombres saludaban, y las
mujeres –más osadas- me animaban con ambas manos. Sonreí jocosamente pues me
agradaba lo que acababa de ver, pues pensé que se trataba de un grupo de amigos
de la jarana y el bullicio. Al sobrepasarme, un cartel en el luna trasera del
vehículo con la leyenda: “SOMOS GENTE GAM”… Yo seguía con mi mano en alto en
una mezcla de adió, buen viaje, me alegro… Ellos, con sus brazos fuera de las
ventana, me correspondían, incluso algún
pañuelo flameaba en el viento. ¡Suertudos…! -pensé- vais sobre ruedas. De repente, el intermitente indicó un próximo
movimiento, las luces rojas de frenado se encendieron, destacando sobre la luz
del día como destaca la luz de la luna en la noche. El vehículo cabeceo primero
y luego se estabilizó. El motor cesó en su ronco traqueteo. La puerta trasera
del vehículo se abrió, la escalerilla se extendió, y por la parte inferior vi unos
pies femeninos que descendían del vehículo, ella salió tras la puerta mientras
otros pies la seguían; así descendió una, dos, y por fin un hombre, los tres se
me acercaban con una alegre y franca sonrisa de amistad… se presentaron y a la
par me invitaron a seguir el viaje en su compañía; acepte, cómo no… trepé por
las escaleras tras ellos, fue una enorme bienvenida general, un buen ambiente
me rodeó y me hizo sentir cómodo. Qué distinto era ver el paisaje desde el
interior de un vehículo y tras unos cristales, pero la compañía lo merecía.
Celada
13/06/2013
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