domingo, 3 de abril de 2011

Juan

Juan

Sentía como la primavera comenzaba a estallar en todo lo que me rodeaba, era un sentimiento difícil de describir y de explicar, pero estaba ahí. El tiempo, parecía mentira pero asemejaba a los primeros días de verano; no había forma de explicar esta curiosidad a no ser por las frías noches y las rosadas que el amanecer nos dejaba. Pero pasó algo que vino a destrozar y desmembrar mis sueños de esa noche de verano, algo que enturbio e hizo que empezase a madurar de un hoy a un ayer.
Un tal Juan, otrora tiempo esposo de Maria, padre de Juanito y de la neófita Raquel; trabajaba como minero barrenista, es donde más dinero se gana, pero donde la vida no cuesta ni el salario que se gana. Ese día, parecía que iba a ser un día normal. Se levantó con las primeras luces del alba sin casi hacer ruido, pues en la misma habitación y al lado de su cama, estaba sita la cuna de Raquel; la miró con la misma ternura de todos los días, con sus enormes manos cogió las suyas, luego, con el dorso, acarició los suaves mofletes de aquel rubio angelote. Se giro hacia donde dormitaba Maria ¡Dios! -se dijo- cuanto amor y entrega hay en este pequeño cuerpo carcomido por las penurias, y estrecheces propias de los tiempos que nos han tocado vivir, pero aún así, como mantiene el calor, aquella lozanía, ese aroma a fresco y delicioso en todo su cuerpo; no pudo reprimir su impulso, y apretó sus labios contra los de ella, ¡Gracias! -musitó- ella, ya despierta por el beso, y en tono amoroso le contestó: venga tonto, que vas a ir tarde, y sería tu primera vez. Se irguió a modo de espurrimiento -algo sonó-, recogió la ropa de la silla y oyó un murmullo: ya te lo he remendado, ¿Qué tal? Y él saliendo: bien cariño. Se iba poniendo la camisa camino de la cocina, donde todas las noches antes de acostarse, María le dejaba el bol con la leche y el pan para que él se hiciera el desayuno. Cuando cruzó la puerta de la habitación de Juanito, se recostó un poco sobre el quicio, y quedó quedo observándole como dormía; un calzoncillo y una camiseta de tirantes era toda la ropa que le tapaba, ya que las mantas y las sabanas yacían inermes en el suelo, en rededor de la cama, como resultado de una fatal batalla nocturna entre el niño, la ropa, la cama y los sueños; cuyo vencedor absoluto fue el agotamiento. Despegó su cuerpo del quicio, y riéndose para si, siguió por el pasillo hasta la cocina.
Al fin, vestido y desayunado, abrió la puerta de la calle por la cual penetró de golpe la luz del día -dejándolo enmarcado cual sombra fantasmagórica y fantástica-. No volvió la cabeza, pues en su retina aún mantenía la imagen de su familia, y partía meditabundo de cómo realizar su jornada laboral. ¡Lastima!, aquellas palabras de su mujer no sabría hasta que punto iban a ser premonitorias, y que aquella mañana, seria la ultima que les vería al salir.
No era ni el medio día, y el sol aún no estaba en su cenit, las sombras eran largas, y las sirenas habían lanzado su doloroso ulular al viento semigélido; el cual acabo de helarse, pues sabia cual era su significado. En los pueblos, este presentimiento rondó la desazón de las gentes que tenían algo que perder en esos momentos. Los que empezaban a descansar de su turno se retorcieron en sus camas, se levantaron y fueron hacia los mentideros para saber: el cómo,  el  qué, pero sobre todo el quién y cuantos.
Los equipos de rescate, son hombres que durante todo el año se entrenan para estos momentos, y que durante el mismo tiempo rezan a su patrona para que solo sea eso, un entrenamiento por si acaso. Esta vez todo fue mal, y la tragedia se consumó; un muro que estaba barrenando para abrir la nueva galería, no supo aguantar, y él no supo escuchar a la mina. Joaco, el ayudante, en ese momento había dado tres o cuatro pasos tras de si, y estaba en la boca de la galería; sin embargo, Felmín, el guaje, estaba pegado a su costado, y justo en ese momento se produjo el derrumbe. El cielo se abrió sobre ellos vomitando toda su furia en forma de piedras y carbón, Felmin notó en el ultimo momento una mano entre todo ese maremágnum que les caía, que lo lanzaba contra el hastial -dudó si fue la mano providencial, o la mano de Juan- salvándole la vida. En ese fragor se oyó la voz de Joaco, -mientras frenéticamente intentaba desescombrar con las manos a Juan, del que escuchaba su voz - ¡Felmín... Corre! No te quedes apalominado, busca ayuda; y a Felmin le faltaban pies, se trastabillaba con todo, pero se levantaba como impulsado por un resorte, al final de la galería solo se veía una lucecita zigzagueando, y una voz quejosa y de ultratumba. Mientras, Joaco seguía con su desespero por  quitar el escombro, mas cuanto más quitaba, más caía; y ya se cernía  el peligro sobre él, a tiempo fue retirado por el equipo de salvamento. ¿Fue un fallo de cálculo? ¿Fallo humano? No, simplemente es el tributo de esta tierra y su vientre generoso, que se cobra para podernos satisfacer.
Sonó la campana de la jaula, el maquinista repitió el tañido, y la jaula se puso en movimiento; en la planchada, los compañeros del exterior y algunos del interior se iban agolpando, de todas formas ya sabían quien era. La jaula llego a su destino, la compuerta se elevo sobre las cabezas de los presentes, y la carga que transportaba de siete hombres salió despacio; con la congoja en sus cuerpos y le corazón encogido por el llanto interno, ya que estos hombres bragados en los avatares, en la dureza del trabajo y los de la vida diaria, no pueden llorar.
El cortejo se fue abriendo paso, a su frente Manolo, jefe del equipo de rescate, detrás y portando la camilla con el cuerpo inerme del finado: Jamin, Darío, Esteban y José, y cerrando el grupo Alfredo, el cual portaba algunas pertenencias: la pica, su linterna, y la bota del pie derecho -¿Por qué? cuando morimos siempre estamos descalzos-, la camilla fue depositada en el suelo   con cuidado de no despertarle. Estaba totalmente cubierto por algunas ropas de trabajo, así todo el mundo lo recordaría por lo que era y no por como quedó; era curioso, su pie derecho (el descalzo) sobresalía de la ropa que tenía a manera de mortaja, estaba incluso sin calcetín y su láctea piel contrastaba con el enlutecido suelo de la explanada. En los brazos desnudos de algunos hombres su piel se puso de gallina y perdió la color, incluso en alguno se noto un imperceptible temblor de su cuerpo, pensé que daría con su cuerpo en el suelo y, ya sin mucho disimulo, en aquellos rostros ennegrecidos por le polvo del carbón, se fueron esculpiendo surcos marmóreos; hasta Quito, ese hombretón que en otro tiempo había sido boxeador -peleando incluso con Uzcudun, y no haciéndolo tan mal- tuvo su momento de duda.
La ambulancia apareció presta, maniobró para acercar el portón a la camilla,  de ella descen-dieron dos camilleros y don Luis -el doctor-, que con un gesto confirmó lo sabido de antemano; poco tardó la ambulancia en bajar la collada y desaparecer en el túnel.
Qué lentamente había desaparecido, pero más lentamente se disgregaba el grupo formado por los compañeros, sobrecogidos por la sorpresa, el dolor, y ¿por qué no? por la alegría interior de no ser uno, el que estaba tumbado en la camilla, rodeado de un maravilloso paisaje verde con sus cumbres calcáreas, prados verdes moteados de colores, de ese cielo azul limpio, y como fondo, el negro: esa negrura que es fuente de trabajo, de vida, y la vez por la que se muere, paradojas de la vida en esta región.
Mientras, en el pueblo, en su casa, la vida dejaba de continuar. Como todas las madres algo en el ambiente la hizo temblar de miedo, presintió lo que había pasado, y con el estoicismo y la bravura de estas mujeres acostumbradas a la dureza de la vida, de los hombres; a ser madre y padre de sus hijos, a ser reposo y consuelo de sus maridos. Cogió a los niños y se los llevó a su vecina de toda la vida, viuda y sin hijos, pues su marido murió antes de poder sembrar en su vientre la vida y el futuro; mujer que paso por esto antes, y que de cuyo paso solo le queda el recuerdo de su anillo de bodas, y de su reloj de bolsillo; ese mismo que ella se ocupa de mantener en marcha. Elena abrió la puerta y al ver esa mirada, comprendió enseguida, sin explicaciones y sin gestos llamó a los niños, los cuales, se asieron a sus manos tras las dulces promesas a que fueron invitados; tras su espalda la puerta se cerraba y los críos la empujaban pasillo adelante. Maria, tornó a su casa como perdida, como un autómata, y sin saberlo..., como si de un rito ancestral y aprendido se vistió de negro, a la vez que su tez se tornaba mas blanca; del armario desvencijado y cien veces calzado, sacó el único traje de su marido -un traje azul con espigas, que lo mismo servia para un roto que para un descosido- la camisa blanca y aquella corbata de las ultimas navidades que tanta ilusión le hizo; desdoblo los calcetines y los metió dentro de los zapatos; repitió con gesto tembloroso los pasos anteriores, comprobando la recta raya de los pantalones, y quitando toda posible mota de polvo. Ella, quería que su Juan estuviera guapo, lo verían sus familiares y algunos compañeros de trabajo; lo más duro era el no haber derramado ni una sola lagrima, pues las guardaba todas para cuando estuviese a solas con él. Seguía sentada a los pies de su cama, esa cama marital, donde tantos y tantos momentos buenos y malos habían pasado juntos; esa cama fue mudo testigo de esos días de sufrir y gozar; ahora seria mudo testigo de su soledad. Como si el tiempo volviese a contar, María se levantó y entornó las contraventanas de la habitación dejándola en penumbra, salió al pasillo y repitió el mismo gesto en cada una de las habitaciones restantes; la casa ya estaba sumida en la oscuridad, quizás para que la imagen de él no la desvaneciera la luz, o para que los recuerdos no encontraran el camino del exterior; ella quería conservar lo mejor de él. El luto dominaba el interior y exterior de la casa, ya que a la oscuridad interior, se iba acumulando en la puerta de la casa un tropel de comadres enlutecidas; la mayoría: abuelas -viudas de toda la vida-, y el resto: viudas jóvenes, o simplemente vecinas del pueblo. También llegó, y aparcó cerca de la puerta de la vivienda, un coche puesto por la empresa para llevar a su viuda, o familiar al tanatorio; donde amortajarían al finado con ropas mas aseadas; pues las monjitas habían acabado con el trabajo de asearlo y prepararlo; la funeraria ya tenía el ataúd listo. Sonaron unos golpes de nudillos en la puerta de la entrada. María recogió el fardo con los enseres, y salió arrastrando los pies por el pasillo como si algo la retuviera: abrió la puerta y quedó cegada momentáneamente por el exceso de luz, primero, comenzó a vislumbrar sombras, y ya repuesta, vio frente a ella al conductor de la comitiva que aguardaba noticias. Pasó a través del pasillo que había formado la gente, subió al vehículo, y este arrancó perdiéndose entre el resto de viviendas del pueblo.
En el pueblo, Ciñera, la noticia había corrido de boca en boca, de corro en corro, cual reguero de pólvora, y al poco, ya era de dominio público; el joven monaguillo, comenzó a tañer las campanas de la Iglesia haciendo que su sonido de duelo se fuera mezclando en el ambiente, y llegara a la vez que la noticia a cada casa y rincón.
Y llego el día. Pero antes llegó el traslado del féretro desde el tanatorio hasta su domicilio para poder efectuar el velatorio correspondiente -otra tradición, un poco tragicómica del juego de la vida y de la muerte, un juego tan cotidiano por estos lugares-, Llegó el coche mortuorio al domicilio, descendieron el ataúd y lo metieron en el comedor, la primera puerta a la derecha, la sala más grande -hoy vacía- y donde recibirán a: familiares, amigos -otrora también invitados por las fiestas patronales-. Dicha habitación tenia dos ventanas al norte, y vista al jardín de la casa.
Cayo, el de la funeraria, con sus ayudantes situó el féretro en el centro de la estancia, luego  calzó la cabeza para que quedase un poco mas levantada, y se le pudiera ver desde cualquier rincón sin necesidad de acercarse a él; colocó cuatro velones: uno por cada esquina; unos floreros bien distribuidos, y una enorme corona a los pies, de: claveles rojos, de margaritas amarillas, y algunos gladiolos blancos; está enmarcada por un lazo y dos cintas moradas, y en su centro una inscripción en letras doradas con el lema: “TU ESPOSA E HIJOS NO TE OLVIDAN”. Las paredes desnudas de muebles, fueron vestidas con sillas para la noche de vela.
Al atardecido, con las primeras sombras, la gente empezó a llegar, y a partir de ese momento toda la noche se tornó en un incesante entrar y salir de gentes; dentro se oían lamentos, lloros, rezos y un ronco murmullo; afuera: los hombres fumaban ese caldo tan oloroso, pero sobre todo, lo que dominaba el ambiente, era ese olor acre y a violetas. Cuando la noche se hacia más avanzada y el amanecer parecía no tener solución; los cuerpos de la gente que aún quedaban, se iban retorciendo y recomponiendo en su figura debido al cansancio que tenían, las caras macilentas por el lloro, la vela y la escasa luz de la sala; María, además tenía los ojos enrojecidos e inflamados de tanto llorar, y su corazón enjugado de lagrimas, quedaría vano para mucho tiempo.
Amaneció, y a la gente le quedaba el tiempo justo de lavarse y acicalarse; esto era posible porque los sindicatos habían decretado un día de luto en toda la cuenca minera. Llegó pues la hora convenida, la hora marcada por la tradición –otra más-. Cayo, tapó el ataúd, no sin que antes tuviesen que separar de el a María: al cual estaba aferrada como si en ello se fuera más que su Juan, que no es poco. Entraron dos compañeros de trabajo, y los dos hermanos de Juan: Anselmo y Fernando; izaron el féretro sin apenas esfuerzo, y cargándoselo al hombro, partieron en comitiva hacia la iglesia ocupando toda la calle principal, que estaba envuelta por un respetuoso silencio; sólo roto a veces por un pequeño llanto ahogado de María. Los pasos de la comitiva sonaban como un murmullo, eran el único acompañamiento que se oía.  Cuando subieron los cinco escalones que daban acceso a la puerta de la iglesia, les esperaban para recibirlos: el sacerdote con el hisopo, y tres monaguillos que portaban cada uno: la cruz, el cirio y el incensario. Pasaron todos dentro del templo donde se ofició la misa y el responso por el  difunto. Acabado este momento, se invirtió el camino andado hasta bajar los cinco peldaños; allí se subió, féretro y coronas, al coche fúnebre para ir al cementerio... el final del viaje; el coche giró entre la casa  Luis y casa Falo, subió la cuesta de Fidel, llegando a dejar a la izquierda la cuadra del  “tío lombas”  en el Otero, y ya sin más, enfiló el camino de la mina de Ciñera: encajonado por las altas y peladas montañas, por el arroyo vericueto, y por dos filas de chopos tan altos que si miras para arriba, parece que escriben en su cimbrear en el limpio azul del cielo.
A las cinco de la tarde todo había pasado, el último pésame dado, y la gente ya iba por el camino de regreso al pueblo; mientras, ella al pie de la fosa, apretaba a Juanito contra su regazo y mantenía a Raquel aupada en sus brazos. El sol, en su ocaso les iluminaba con su luz anaranjada a la vez que alargaba sus sombras hacia la vieja mina. Fue la ultima imagen de ese día en el recuerdo de la gente del pueblo.
Al día siguiente, el sol salió de nuevo llenando de vida las tierras ocupadas por las sombras de la noche, y de los ecos de la desgracia –por desgracia- se iban evaporando como la escarcha con la fuerza del sol. Todo el mundo se acostumbra a lo malo, y más cuando es algo innato en la manera de vivir. Pequeñas cosas nos indicarán que hubo una desgracia, ni tan siquiera hace un día. En el cementerio: una tumba con la tierra recién removida y unas flores sobre ella aún frescas, y una cruz temporal –en espera de la definitiva-. En el pueblo: una casa con las ventanas cerrada, y una puerta cenefada por un crespón –en otras viviendas, aún perduran-; y en los lugares habituales a tal efecto, las esquelas mortuorias con sus:
- Rogad a Dios...
- Qué recibió los Santos Sacramentos...
- Su apenada esposa, e hijos, etc...
“... Unas esquelas que la interminable lepra del tiempo, el sol, y la lluvia, se encargarán de granizar sus restos por el suelo.”
Y en los corazones de esta familia, el inmenso vacío que ha dejado su marido y padre; pero la vida continua, tiene que continuar, pues los hijos están por crecer y ella... Ella aún es joven, y tiene un futuro por delante.

Juancar 1995.

2 comentarios:

  1. que triste y conmovedor relato amigo...pero lleno de descriptivas imagenes que me mostraron lo dificil que ser mujer y esposa de un minero pero por sobre todo vivir el dia a dia luego de semejante perdida...
    me gusto mucho, gracias

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